Memorias de un enterrador. Libro Primero. Primeros párrafos.


Aquí, puedes leer las primeras páginas de la novela… Gracias.

MEMORIAS

DE UN

ENTERRADOR

Libro Primero

 

Llevo ya casi veinte años en el oficio…

Y más de quince mil muertos a mis espaldas…

Francisco Belmonte

LIBRO PRIMERO

De la historia del legionario,

de sus hazañas en la guerra y de que tenía una hija enterrada en el cementerio.

De la señora Juana,

que acuchilló al hijo de quien atropelló a su pequeña, que estuvo en la cárcel, y de la mala suerte que tuvo en la vida.

Del Árbol del Ahorcado,

con todos los que de su rama pendieron.

Del Pozo de la Muerte,

la Guerra Civil y el Sargento de Brigada,

con todo lo que dejó escrito y que fue hallado.

De Joselito el grabador,

que no sabía leer ni supo quién fue su padre.

Del Coronel nazi que aparece,

todo un misterio.

Y otras muchas cosas…


Para todos los que pasaron por aquí,

y volvieron a quedarse,

para siempre.

A mis niñas, Laura y Adda,

sin las cuales no existiría mi vida.

A mis padres, que a su manera,

me han enseñado.

A las Musas que me inspiran

Y a los cientos de los que algún día fueron alguien,

que me susurran…

Todo lo que en adelante aconteciere,

es real.

O podría no serlo.

A los que se ofendieren, mis disculpas.

A los que gustare,

mi emplazamiento a cruzarnos

de nuevo

en algún recoveco

del sinuoso y recoleto camino.

Intro

(…)

-¡La señora Juana le ha cortado el cuello al hijo del taxista!

-¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡Estás bromeando…!

-¡Le ha rebanado el pescuezo al hijo del taxista! –confirmó el mudo sin pestañear, gritando-. ¡Y ha tirado el cuchillo al tejado…!

(…)

Llovía……

Todo el agua del cielo y de la tierra……

Tap, tap, tap, tap, tap, tap, tap……

Taptaptap, taptaptap, taptaptap……

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……

El sonido.

Perfectamente audible por encima de todos los sonidos, de todos los pensamientos……

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……

Y comenzamos a caminar……

-“Como busca la cierva

corrientes de agua,

así mi alma te busca

a ti, Dios mío –recitaba como un autómata-.

Tiene sed de Dios,

del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver

el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan,

noche y día,

mientras todo el día me repiten:

¿Dónde está tu Dios?

Recuerdo otros tiempos,

y desahogo mi alma conmigo:

cómo marchaba a la cabeza del grupo,

hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta –entre estrofa y estrofa, hacía una caricaturesca, por exagerada, detención en su plática, en un gesto muy estudiado, y entornaba los ojos, mirando al cielo, pero de reojo al texto, que aún no había aprendido a pesar de llevar unos cincuenta años repitiéndolo.

-¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas? –continuó-.

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

Salud de mi rostro, Dios mío.

Cuando mi alma se acongoja,

te recuerdo

desde el Jordán y el Hermón

y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima

con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas

me han arrollado.

De día el Señor me hará misericordia,

de noche cantaré la alabanza

del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía,

¿por qué me olvidas?

¿Por qué voy andando, sombrío,

hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos

por las burlas del adversario;

todo el día me preguntan:

¿Dónde está tu Dios?

¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

Salud de mi rostro, Dios mío.

Dale, Señor, el descanso eterno,

brille para él la luz perpetua.

El alma que has sacado del cuerpo, Señor,

se alegre con tus Santos en la Gloria.

Se alegran para el Señor los huesos quebrantados”.

Con esta antífona, el sacerdote dio por concluida la primera de las llamadas estaciones, a los pies de la sepultura.

Allí nos detuvimos.

-“Me hiciste de tierra, me vestiste de carne –proseguía en la segunda estación-.

Resucítame en el último día, Señor y Redentor mío”.

Gotas de agua sobre falsa madera barroca.

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…

-“El Señor reina, vestido de majestad,

el Señor, vestido y ceñido de poder:

así está firme el orbe y no vacila.

Tu trono está firme desde siempre,

y Tú eres eterno.

Levantan los ríos, Señor,

levantan los ríos su voz,

levantan los ríos su fragor;

pero más que la voz de aguas caudalosas,

más potente que el oleaje del mar,

más potente en el cielo es el Señor.

Tus mandatos son fieles y seguros;

la santidad es el adorno de tu casa,

Señor, por días sin término.

Oí una voz del cielo que decía:

Dichosos los que mueren en el Señor”.

Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…

Y yo oí todo el agua del cielo y de la tierra repiqueteando sobre la falsa madera de la tapa del ataúd barroco…

Y una triste y apagada campana que a lo lejos tañía…

Y el llanto de dentro, que no sale pero que rompe…

Y el último suspiro del muerto que allí yacía…

Y el gozo de la tierra que come…

I.

1.

 

Ése, es el recuerdo más vívido, la sensación más cercana que tengo del primer día.

Cierto es que al principio esperaba otra cosa, algo diferente, influenciado por unos prejuicios y estereotipos asentados en mi psique tras algunos años de lecturas, visionados, leyendas y comentarios influenciados por los prejuicios y estereotipos asentados en la psique de todos aquellos que conocieron la noticia.

Pero finalmente resultó ser otra cosa. Algo totalmente diferente a lo que yo me esperaba y todos creían. Resultó ser la cosa más… Bueno, tal vez sea muy precipitado encorsetarlo entre dos adjetivos, o más que precipitado, presuntuoso por mi parte. Y lo que pueda parecerme o pueda yo suponer, puede parecerle o puede hacerle suponer cosa bien distinta a otro.

Y sinceramente, no me siento capacitado, ora por pereza y miedo –que viene a ser lo mismo-, ora por ignorancia y disimulo, a aventurarme en tan escueta descripción de cosa tan compleja.

Aquel fue mi primer día de trabajo.

El primero de tantos.

Y sí recuerdo que llovía.

Llovía como si le fuera la vida al cielo en ello.

Y cómo yo, con mi flamante uniforme azul nuevo de rayas perfectas todavía cogidas, y mis botas de trabajo de puntera de hierro por mí compradas, a estrenar, en un puestecillo de chamarilero de segunda mano del rastro, que mejor le habían quedado a su difunto primer dueño, con toda seguridad, pero que frente a ese pesar me infundían el valor de pisar firme en la vida y andar seguro, al menos, por esos lares de dios y caminos de tierra y cemento del cementerio, a mis dieciocho años apenas recién cumplidos, la barba fuerte, cerrada y definida, el cuerpo alto, ancho, que prometía, y la mente amplia, formada, predispuesta, hambrienta, que como mi boca, todo se lo comía, y cómo yo, daba mi primer paso desde nuestro cuarto, que podría decirse que era uno más de nosotros, hasta la entrada del patio de san… a coger el muerto, como le decíamos, para enterrarlo, tras los ceremoniosos pasos, por supuesto, fijándome en todos y cada uno de los movimientos de mis compañeros, especialmente en los de mi padre –que a cada instante aprovechaba para aleccionarme, hiciera o no falta-, como el aprendiz impaciente, deseoso y aplicado que era, por orgullo propio y por mantener la reputación de mi progenitor sin tacha.

Permítanme insistir, y reiterar, y hacerlo con un improperio, pidiendo disculpas a quien  pudiere ofender, pero joder, ¡cómo llovía…!

 

2.

 

Si de algo estaba orgulloso el cementerio, y más mis compañeros, y los compañeros de mis compañeros cuando estos últimos aún no lo eran míos, y los de  aquéllos, y los primeros enterradores,  o sepultureros, que también gustábanse de llamar así, y todos los que lo habían hecho –enterrar- allí, alguna vez, era de que nunca se había parado un servicio.

Nunca se había parado un entierro.

Bajo ninguna circunstancia.

Nunca.

Lloviese, tronase, nevase, fuera lo que fuere e hiciera lo que hiciere, nunca.

Ni durante la guerra.

Bajo las bombas.

Bajo las balas de los soldados, circunstancial y estratégicamente de un bando u otro, que apostados en el cerro de enfrente, punto sobre elevado y por ello apreciado por cuestiones de táctica, se jugaban los cuartos y la picadura de tabaco en su afán de atinarle al cura, si de un lado, o a los obreros –que a todos les tomaban por rojos-, si del otro.

Cuentan las crónicas –de transmisión oral, desde luego-, compartidas y regaladas con el celo propio del Gremio, o de la Logia, diría yo, de tiempos de antaño, que nunca se hubo de lamentar baja permanente operaria, aunque sí alguna que otra temporal.

Dos por balazo –un operario y un monaguillo-.

Tres leves por descalabro –un operario y dos doloridos-, al desprenderse una de las alas de un ángel de mármol blanco, tras la caricia de un obús, y golpear a la virgen de dos metros con niño y del mismo material, sedente –sub umbra alarum-, y ésta desplomarse sobre los supra citados.

Y por último, y no por ello menos importante, una por susto –un operario-, que aunque la más risible, fue la baja más prolongada y polémica, pues todavía hoy se barajan varias hipótesis, algunas teorías, pero ningún testimonio certero.

Parece ser que algo más de tino tuvieron los del bando contrario, los que supuestamente se defendían, cuando le clavaron una bala en la nuca al padre Marcelino mientras responsaba a una viudita pobre y consolaba a sus huérfanos.

Un chaval estupendo, de pueblo, y encima de izquierdas, el padre Marcelino que era, según cuenta la Tradición y los tradicionalistas, que aquí son casi todos…

Grandes historias de aquel tiempo, avaladas aún por el testimonio de un superviviente, el último, junto al cementerio, por supuesto, eterno casi, impertérrito, de los tres que llegué a conocer, jubilado el siglo pasado pero que sigue viniendo aquí, a diario, y con el que me siento todavía hoy de vez en cuando, a escuchar su sabia y serena conversación.

Un hombre grande, el señor Manolo…

 

3.

 

Nunca se había parado un entierro.

Y mi primer día sólo llovía.

Bueno, diluviaba.

Pero sólo diluviaba.

No caían obuses.

Ni nadie nos disparaba a traición.

Así que salí del cuarto, tras mis valientes y orgullosos compañeros, y nos encaminamos al final del aparcamiento, a la explanada que hacía las veces de plazoleta de recepción de difuntos, desde donde los distribuíamos a casi todos los patios excepto a los situados a ambos lados de la carretera, que serpenteaba desde el portón doble de hierro de la calle, hasta el centro de esa misma planicie, que actuaba como un intercambiador pero de carrozas fúnebres.

Allí, tras sacar las coronas, centros y ramos de flores que viajaban en la trasera del coche funerario, flanqueando y sobre el féretro, muchas veces metidas a presión, y llevarlas al crucero del patio principal llamado de san … , regresamos para colocar el pobre difunto en su habitáculo de virutas prensadas –lacadas para parecer de madera-, sobre la carra vestida de terciopelo rojo y escudo bordado en oro.

En ese momento el sacerdote, después de haber besado, abrazado y agasajado a los doloridos para buscarse lo suyo, como opinaban mis compañeros que hacía, decía:

-Señor, ten piedad.

Y todos repetían:

-Señor, ten piedad.

Y luego:

-Cristo, ten piedad.

E igual:

-Cristo ten piedad.

Y tras esas palabras mágicas, iniciábamos la procesión.

Y así siempre.

Todos los días.

Toda la vida…

Y si te ha gustado… Por 0,98 euros. (Clic en la imagen).

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~ por Aura G. en 28 noviembre, 2012.

Una respuesta to “Memorias de un enterrador. Libro Primero. Primeros párrafos.”

  1. […] Memorias de un enterrador. Libro Primero. Primeros párrafos.. […]

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