Las Crónicas de las Noches. (Primer Capítulo).


Anarquistas del Infinito, presenta:

LAS CRÓNICAS
DE LAS
NOCHES.

(VIDA DE UN PORTERO DE DISCOTECA)
Primera Parte.

Francisco Belmonte
Todos los derechos reservados.

Published by Francisco Belmonte at Amazon.
Copyright 2012 Francisco Belmonte.
© Anarquistas del Infinito presenta:
Las Crónicas de las Noches. Vida de un portero de discoteca.
Primera Parte.
 2012. Fran Belmonte
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Todos los derechos reservados.
Diseño de portada:  Belmonte & Cock.
Director de Arte: Peter Cock.
Sobre trabajo de Laura Dorrego.
lauradorrego.wordpress.com
De la fotografía:  Free Internet.
© Editorial Anarquistas del Infinito.

Nota del Autor.
No es necesario apuntar, que ésta que tienen entre manos es una historia real.
Sí lo es, sin embargo, indicar que tanto los escenarios concretos como los nombres propios de personas y lugares han sido cambiados, sustituidos por otros ficticios. Cualquier parecido con la realidad, en lo mencionados casos, es pura coincidencia.

DEDICATORIA
Mis nuevos amigos no sabían nada de mí.
Ni lo que hacía realmente, entre otras cosas -o había estado haciendo-, ni quién era en realidad -o había sido y era de cuando en cuando, si la ocasión lo requería-.
Tan sólo lo que les había contado, sobre lo nuevo que había edificado en torno a mi persona.
Que escribía.
Que dirigía una pequeña editorial que publicaba mis libros.
Que disponía de mucho tiempo libre.
Que me había casado, y tenía una niña, una suegra, dos perros, dos gatos y un pájaro.
Y que vivía bien, muy bien, sobradamente bien. Y eso que jamás di muestras de la mínima ostentación…
Y todo queda en los libros, en estos libros cuyo título escogido es “Las Crónicas de las Noches”, donde lo narro, el principio de mi periplo y dónde me hallo ahora, en la actualidad de mi existencia.
Juguemos a creer que así ha sido y es verdad, o que sólo son licencias poéticas, dramáticas, y recursos de las letras. Yo prefiero que crean lo segundo.
He aquí un período de mi vida.
¿Ficción?
¿Realidad?
No seré yo quien lo afirme -a pesar de la Nota del Autor supra citada-.
Ni quien desmienta nada.
Dedicado a los que cayeron, no a los que tiramos…

Para Charlie.

Lo bueno que tiene la muerte, es que también se lleva
a los hijos de puta.
Y si no, para eso ya estamos nosotros…

INTRO

Siempre me he considerado un tipo con suerte.
¿Qué cómo me forré en apenas unos años?
Bueno, eso no es fácil de responder…
Estar en el sitio justo en el momento oportuno.
La suerte que ya he mencionado que siempre me acompañaba.
No tener ningún escrúpulo en el trabajo aunque sí un código de honor, eso por descontado.
Y un par de cojones, supongo.
Por cierto, me llaman ElFrancés,también conocido como ‘el Enterrador’…
Vencer o morir.
Y vencí.

La vida es inmensa, inconmensurable.
Y sólo tenemos una.
Partiendo de esa base, qué mejor que labrarse un discurrir por la misma de la manera más cómoda y confortable posible.
Recién licenciado, no estaba dispuesto a encadenarme a la existencia subjetiva común, ni a esclavizarme con los recursos que la sociedad ponía a mi disposición.
Una cosa tenía clara.
O me retiraba en muy poco tiempo y trabajaba para mí, o a tomar por culo.
No me sometería a hipotecas de 30 años ni a una eternidad de letras por todo aquello que se precisaba para vivir bien, holgadamente.
Ésta, que les presento, fue para mí la vía más rápida y factible para lograrlo.
Cualquier parecido con la ficción, es pura realidad.
Eso sí, no les recomiendo que sigan mis pasos…

I.

1.
El tipo cavaba.
Como si supiese lo que hacía.
Como si lo hubiese estado haciendo toda la vida.
El tipo era yo.
Y sí, sabía lo que hacía.
Lo había estado haciendo media vida.
Entre unas lomas, en una depresión del agreste terreno básicamente llano, baldío, agrícola abandonado, en medio de la nada.
Era noche cerrada y oscura.
Profunda como boca de lobo.
El campo mesteño inmenso, desnudo.
Si acaso algún matorral retorcido y demacrado, desnutrido, solitario, desafiante ante el horizonte de fondo.
Montículos leves, suaves, pugnaban por retar la homogeneidad de la perspectiva, soñando con llegar a montañas algún día.
Y los tenues reflejos de la luna, amortiguados por las densas nubes que la cubrían y la ocultaban.
El silencio era absoluto.
Lo era todo.
Con la salvedad de los bocados que la pala de punta le pegaba a la tierra enterronada.
El tipo que era yo cavaba.
Con buen ritmo.
Como si lo hubiese estado haciendo toda la vida.
Apoyé la punta de hierro, y apreté con el pie para clavarla.
Luego empujé la muletilla hacia abajo y saqué la tajada, para depositarla a un lado del hoyo, no muy lejos, lanzándola con fuerza.
Una rapaz chilló en la lejanía.
Los conejos dormitaban, con un ojo abierto, temblando, en sus madrigueras subterráneas.
Una culebra bastarda engulló un triste ratoncillo, que mascaba grano en el sitio equivocado, en la hora equivocada.
Lástima.
El hombre cavaba, a buen ritmo, habrían opinado quienes me hubiesen visto.
Las nubes se movieron y dejaron asomarse a la luna, grandiosa en el cielo.
Me erguí un instante, para obtener un respiro y otro punto de vista de mi obra, de mi trabajo.
Miré a la que fue llamada Selene, recortada su figura sobre la de las dos caras.
Y al punto, volví a hincar la pala.

2.
Me detuve.
No estaba sudoroso, no demasiado. Ni tampoco cansado.
No era la primera vez que hacía aquello, pero tampoco ya tenía veinte años…
El agujero me llegaba casi a la cintura, había bajado prácticamente un metro.
Me quedé mirándolo.
Mientras tomaba un poco de aire refrescante.
Solté la pala y salí del hoyo de un brinco, sin esfuerzo. Ya no tenía veinte años, no, pero seguía estando ágil. A pesar de ese ligero cinturón de comodidad y aburguesamiento en torno a la cintura. No suponía ningún problema, si acaso cuatro o cinco kilos de más que se me habían echado encima, y todavía me la veía cuando meaba. Además, a mi mujer parecía hacerle cierta gracia.
El abrigo largo de lana, bien doblado con el forro hacia afuera para no mancharse, descansaba a un par de pasos sobre una piedra, a recaudo de la tierra que había sacado y que parecía una pequeña montaña.
Habría sido un buen zapador, un magnífico cavador de trincheras. Por desgracia para el ejército, no toleraba tanta autoridad, tanta sumisión incondicional.
Desdoblé el abrigo buscando en los bolsillos el teléfono, para saber en qué hora estaba y de cuánto tiempo disponía. Hasta el amanecer.
Tras comprobarlo, quedé satisfecho. Todo transcurría según lo acordado, dentro de unos márgenes razonables.
Y como me sobraría, cerca de una hora al menos, me senté sobre la misma piedra que había aislado el abrigo del suelo y con él en el regazo saqué uno de mis cigarrillos de liar y me dispuse a fumarlo.
Saboreé la primera calada con gusto.
Y gocé contemplando la luna, como siempre que había tenido ocasión había hecho, preguntándome por su cara oculta.
En aquellos momentos, me sentía Uno con el Universo.

3.
Los vaqueros de marca y la estilosa camisa no eran la mejor indumentaria para el trabajo físico.
Para ese al menos, no.
Ni lo botines de piel.
Aunque los guantes negros de cuero ayudaban.
Portaba un buen dinero en prendas.
El sudor se me adhería al cráneo pelado en forma de múltiples gotas de todas las formas y tamaños.
Una vez rompía a sudar, ya no podía parar, me transformaba en una máquina perfectamente engrasada, que se movía a una temperatura ideal y constante.
No me quedaba demasiado para cumplir los cuarenta.
Pero seguía siendo igual de alto e igual de fuerte.
Incluso más fuerte –quería pensar-.
Y estaba la experiencia, que no tenía precio.
Me sentía exultante, pletórico, poderoso.
Aquellos eran, con mucho, los mejores momentos de mi vida. Sobre todo desde que nació mi hija. Bueno, y desde que encontré el amor verdadero y me casé.
No obstante, estaba decidido a hacer de mi existencia algo único, excepcional, dejando atrás lo pasado y sin proyectarme excesivamente hacia el porvenir. Vivir cada día como si fuese el último pero cubriéndome las espaldas, en la medida de mis posibilidades y dentro de lo que cabía, tomando cada nuevo amanecer como un regalo que no se debía desaprovechar.
En esas andaba cuando con un último impulso lancé la tierra de la última palada.
Aquello ya estaba.
Listo.

4.
La gigantesca tela bermellón de dos hojas estaba echada, ocultando la totalidad de lo que bullía tras ella.
De vez en cuando se abría por el medio, y entraba o salía alguna de las profesoras, o se asomaba una cabecita curiosa e inocente, lo que provocaba las risas de los asistentes.
La sala polivalente se encontraba a rebosar, no quedando un solo hueco libre, y los pasillos atestados de inquietos progenitores que cloqueaban sin parar y sin medida, creando una atmósfera irrespirable y una presión de verdulería.
Demasiadas butacas no estaban ocupadas más que por un abrigo o una bolsa vacía o por la pierna de una de las partes de la sociedad marital, estando la otra, o el dueño de la bolsa, o el aterido propietario de la prenda, echándose un cigarrito en la puerta de la calle mientras los promotores del espectáculo consideraban si iba siendo hora de empezar.
Era imposible manejarse por el lugar.
Una inversión de algunos millones de euros que sólo se llenaba en la representación de fin de año de los niños, y en la fiesta fin de curso. Una sala polivalente de varios millones de euros para una población de poco más de mil vecinos, que el resto del año servía para acumular telas de araña en los techos y polvo en los rincones. Claro, que en esos millones ya iban incluidas las comisiones del avispado alcalde y de la panda de analfabetos caporales que formaban su equipo de gobierno. Y el maletín del cuñado del edil, que fue quien adquirió los terrenos a precio regalado antes de la recalificación.
Era imposible desenvolverse con soltura. Para atravesar la sala, se invertían cerca de diez minutos y unos cuantos cientos de disculpe, me permite, y sólo si uno era educado, es decir, en uno de cada quinientos casos.
Sin previo aviso, las luces parpadearon, reclamando silencio y compostura.
Pero el efecto provocado fue el contrario.
Más bullicio, más gritos, más movimiento.
Era el problema del gentío inculto masificado que no había disfrutado motu proprio de una mínima oportunidad de educación, que no entendía ninguna de las normas de convivencia, que no respetaba ninguna convención social, y al que tanto daba asistir a esa clase de evento como a una pelea de gallos, una carrera de galgos camperos, o una feria rural de ganado al aire libre.
Tras diversos intentos y el apoyo de algunos espectadores sueltos y excepcionales que alguna vez habían leído al menos un libro, con voces más altas que las del resto e insistentes llamadas de atención, la muchedumbre se mostró mansa y civilizada, y dispuesta a consentir en que la cosa arrancase, ocupando los sitios que habían reservado, sin consideración ninguna hacia tullidos, ancianos, ni preñadas, y el show pudo tener comienzo.
Se abrió el telón mientras aún persistían algunos murmullos.
Y la música enlatada empezó a sonar, con un clásico villancico navideño.
Un grupo prescolar vestido a la casera con espumillón y gorritos de pastor, con pieles falsas de borreguito y zurrones de cartulina, se esmeraba sin demasiado éxito en interpretar el tema, yendo de aquí para allá, zarandeándose con gracia y totalmente descoordinados.
Joder, si es que tenían cuatro o cinco años.
Las profesoras, a ambos lados del grupo, escoltándoles y tratando de no ser visibles tras el cortinaje, reclamaban su atención y practicaban aspavientos y caderazos coreografiados siguiendo el compás, y atrayendo la mirada de los párvulos para que las imitasen, por lo que éstos se habían girado todos de medio lado desatendiendo a padres, madres, hermanos, hermanas, y abuelos –que se desgañitaban de la risa y se cegaban entre sí con los disparos de los flashes-, centrando su dispersa concentración en sus rollizas puericultoras.
Aplausos, risas, tormenta eléctrica de rayos provocada por todos los aparatos de retratar trabajando a la vez… Hasta los pequeños que se aventuraban a localizar algún ser querido o conocido cuanto mínimo entre la platea, tenían que llevarse las manitas a los ojos deslumbrados.
Nadie podía ver nada, salvo tal vez los de las primeras filas, que seguían sentados. De la tercera para atrás, comenzaron a levantarse y a alzar los brazos con teléfonos, cámaras, y videocámaras, lo que obligaba a que los de las subsiguientes les imitasen. A poco los ulteriores tienen que subirse sobre los hombros de los que los precedían para poder decir que habían estado allí.
Terminó la tonadilla y los pequeños se organizaron para saludar.
Casi se cae el teatro.
Todavía quedaban ocho grupos más.

5.
El silencio impregnaba el ambiente, reinando en armonía con el entorno.
Había dejado de cavar hacía unos minutos, dando por concluida aquella parte del trabajo.
Parecía absorto, ensimismado, como si hablase conmigo mismo. Más bien como si pensase en voz alta.
La mentira es como un fantasma que siempre te persigue. Que nunca te deja en paz. A menos que ignores cuando te martillea al consentírselo, o que no se lo consientas. Y entierres bien hondo las historias que te presenta, resucitadas de un pasado prometedor de turbulencias y hechos que no te gustaría ni haber vivido, ni haber provocado…
A pocos pasos del agujero, al otro lado de la chaqueta, había un bulto informe que yo mismo había colocado previamente. Lo agarré por los pies y tiré de él, arrastrándolo.
No me supuso el menor esfuerzo.
Dejó lo arrastrado un reguero sobre el campo inmaculado por su peso.
El bulto era otro tipo. Los pies, de un chaval de unos veinticinco años que evidentemente estaba muerto.
Acomodé el cuerpo inmóvil dentro del hoyo, como mejor pude, considerando con qué postura se encontraría más cómodo para pasar a la posteridad.
Tuve que introducirme yo mismo para hacerlo.
El fiambre tenía la cara destrozada –ni su madre le reconocería en aquel estado con aquel aspecto, salvo por la ropa, tal vez, y la medallita de la virgen de no sé dónde-, y los ojos amoratados abiertos. Cualquiera diría que me miraba.
Le arranqué la medalla y me la eché al bolsillo. Más tarde la quemaría, para fundirla.
Le puse los brazos cruzados, sobre el pecho, como si hubiera sido un personaje merecedor de ello, un cruzado a falta de espada, un hombre de bien, solemne, singular.Era una puta costumbre que tenía. Ya se encargarían de juzgarlo quienes tuviesen que hacerlo, en otro mundo, en otra vida. Al fenecido le faltaba una de las manos, dejando a la vista un muñón sanguinolento reseco y ennegrecido, con restos de carne y jirones de lo que podrían ser venas y tendones colgando.
De uno de los bolsillos del pantalón, con los guantes puestos, siempre con los guantes puestos, extraje un par de monedas, con las que acabé con aquella mirada perdida, incrustándolas en las cuencas oculares sin vida con la presión suficiente.
Me movía con absoluta calma, con movimientos pausados y acostumbrados, como un verdadero profesional de aquello que estaba haciendo.
Francés…
Algunos me llamaban Francés.
Un último vistazo al finado me bastó para comprender que debía proseguir, que todo estaba en orden, y brinqué como un felino saliendo de la depresión que yo mismo había provocado.
Eché mano de la pala, hincándola en la montonera de tierra que había sacado y que tenía que devolver a su sitio.
Empujando con el pie, la cargué, volcándola sobre el torso del tipo muerto en la fosa.
Otra palada en el mismo sitio.
Tres más en la cara.
Comprobé que las monedas continuasen en su lugar, donde las había colocado. Observé que algunos terroncitos y un par de piedrecillas se le habían introducido en la boca semi abierta, y que no pudo borrar aquella última mueca horrible y grotesca del rostro demacrado. Pero no importaba. Más tarde o más temprano se le metería, y por la nariz, y por los oídos. Y no sólo la tierra, también los bichos. Por dios, ¡tenían derecho!.
Al poco y al cabo dejé de mirar, y me centré en palear sistemáticamente, sin cuidarme de dónde cayese. Tan sólo empeñado en cubrir mi obra.
No tardó en desaparecer el cuerpo.
No le dediqué una triste oración siquiera.
Si no quieres que una mentira tome cuerpo, el secreto reside en no darle forma a través del verbo. De ese modo aniquilas los posibles espectros, y el hecho no ha ocurrido nunca… Lo que no devora la tierra, lo entierra el alma en lo más profundo…
En pocos minutos toda la tierra estaba dentro.
Pisoteé y bailoteé sobre el colmo para integrarlo en los derredores, y disimular en lo posible mis improntas. Incluso coloqué algunos cantos de morro y retamas secas.
Me alejé un par de metros para tener otra perspectiva.
Dándome por satisfecho regresé al peñasco del abrigo y me lo coloqué. No quería destemplarme ni coger frío.
Me eché la pala al hombro.
Y adelantando un pie sobre otro me alejé, campo a través, buscando la servidumbre del camino a casa.
‘Voy hecho una mierda. Una piltrafa –pensé al verme-. A qué tantos cuidados con la ropa si habré de tirarla en cuanto llegue, toda llena de sangre propia y del desgraciado…’.
Ni siquiera miré atrás.
Ni le dije nada, a quien había matado, a modo de despedida.
Aquel tipo peculiar, era yo. Sí, así era yo, a veces. Una buena persona. Un tío de puta madre.
El Francés…

6.
Si el patio de butacas había sido una nave de locos, el vestíbulo tras la conclusión de todas las representaciones fue un frenesí infernal.
Atestado de hombres y mujeres que cotorreaban animadamente a gritos para hacerse entender por encima de los berridos de los demás, que también elevaban la voz para intentar lograr el mismo propósito. Y de niños que correteaban unos en pos de otros topándose con los conversadores y monologuistas pisoteando pies y pataleando espinillas.
Uno de los pequeños salvajes fue a cargar todo su peso, todo su empuje, y toda la furia de su inocencia desmedida en el callo del dedo meñique del pie izquierdo de Paulino, vecino y amigo mío, que de no haberse tratado de un hombre leído, contenido, mesurado y educado, le habría plantado una ostia en la cara, por acto reflejo. Y otra al padre de haber podido, por no haberlo sujetado.
Se limitó a observar sin embargo, reprimido y con dolor punzante:
-¡Si es que de donde no hay, no se puede sacar! ¡Si los padres carecen de una básica educación y saber estar, qué puedes esperar de su descendencia! ¡Si es que a cualquiera le dejan ser progenitor, hoy en día!
La gente se mostraba alegre y agitada, con las cámaras de fotos y videocámaras a la vista echando humo. Algunos se habían embutido en sus mejores galas, como si aquello se tratase de un magnífico evento de media etiqueta. La otra mitad se había presentado en ropa deportiva, deportiva de ir al bar los domingos con el diario futbolero bajo el brazo a atiborrarse de dobles de cerveza o chatos de pitarra.
Paulino iba de casual, con atuendo distinguido y estudiado, y yo, normal, discreto, como siempre, con ropa por encima de la media en cuanto al precio.
-Estoy de acuerdo contigo. Totalmente –le apoyé ligeramente divertido. Sentía algunas secuelas, y ligeras molestias en el tórax, por la zona de las costillas. Tampoco podía reírme demasiado, me tiraban las heridas de la cara, que cicatrizaban bien-. Salgamos. Tomemos un poco el aire, nos vendrá bien. Aquí el poco oxígeno que hay, está viciado.
Se mostró conforme y me acompañó afuera. Tuvimos que sacar codos y abrirnos camino. El gentío no se movía, ni se apartaba, hasta que giraban un poco las cabezas y al percatarse de mi presencia lo hacían, como si les inspirase un poco de miedo o sintiesen que iban a ser arrollados. Nada más lejos de mi intención.
Aquel gesto podría interpretarse como respeto.
Y no era que fuese un tipo extraordinariamente feo, o que mi olor corporal repeliese al más pintado. Era que impresionaba, aunque fuese un hombre tranquilo, tímido, cortés y sereno. Algo en mi aspecto, algo en mi porte, en mi mirada o en mi manera de conducirme. Siempre me había ocurrido. Y me había librado de numerosos y ciertos problemas.
La puerta de la calle presentaba la misma saturación que el interior.
Otro montón de gente que además fumaba adustamente y hacía aquello del todo irrespirable.
Paulino me seguía, encantado de que le fuese abriendo camino.
Superaba los cincuenta, aunque no los aparentaba, por el vestir, el corte de pelo cano rapado, las gafas redondas…
A la luz clara de la calle observó alguna de las magulladuras de mi rostro, que había intentado cubrir con una fina capa de maquillaje aunque sin demasiado éxito en torno a los ojos y en uno de los pómulos.
Nos alejamos un poco más, para poder departir tranquilos y aguardar a que saliesen nuestras respectivas con lo mejor de nuestras casas.
-Qué te ha pasado –me preguntó, extrañado.
-Un sueño agitado –respondí tranquilo-. Me golpeé con la mesilla de noche.
-Coño, casi te sacas el ojo –comentó preocupado. Era psicólogo, aunque oficiaba de enfermero en una residencia de ancianos-. Si quieres, luego en casa te echo un vistazo…
-No te preocupes. Cura solo…
-No quiero ni pensar en cómo habrá quedado la mesilla –sonrió-. E imagino, que el arañazo te lo has hecho afeitándote –insinuó irónico. Sabía que llevaba lustros sin hacerlo.
-Tú lo has dicho…
-Eso, si no quieres reconocer que tu mujer ha sacado las uñas esta noche…
-Habrían hecho falta más que uñas para hacerme esto… Tendría que haber sacado garras…
Los dos, nos echamos a reír.
-Por cierto, recuerdas lo que te comenté del niñato que le hizo aquello a mi hija… -susurró, inquieto, sacando los trastes para liarse un cigarrillo…

7.
La noche había caído.
Absoluta.
Oscura.
El sol se acababa de ocultar hacía apenas una hora.
No se percibía sonido alguno, característica propia de los campos de la Meseta.
Salvo el de los impactos, gruñidos y lamentos de los dos hombres.
Y el de las agitadas respiraciones.
De un fuerte directo le reventé la nariz, y me manchó la camisa con las salpicaduras. Jamás la volvería a tener ni recta, ni en su sitio, si salía de aquella. Sería feo, y tendría el rostro marcado, de boxeador de tercera categoría venido a menos.
Le sacaba unos años, pero el cabrón también era grande, y fuerte, puro nervio. Por eso era el gallo de su gallinero, deduje, por eso era quien dirigía el percal y movía todo el cotarro por la zona, partiendo el bacalao, dejando las menudencias para los cuatro pringados que también controlaba.
El chaval era casi tan alto como yo, pero yo le sacaba unos quince kilos, por lo que casi sentí el crujir de su cráneo al encajar el impacto de mi puño propulsado por todo el brazo, desde el hombro.
Me dio la impresión de que no le había dolido. No como debería.
‘Mierda –pensé-. Va hasta arriba de coca…’.

8.
-El niñato… -le interrumpí, a mi amigo Paulino, haciéndome el olvidadizo-. ¿Te refieres al que le hizo… daño?
-Sí. Ése –me confirmó.
-Qué pasa con él. ¿Ha vuelto a dar problemas?
-No. No… Pero por lo visto lleva unos días desaparecido… Se lo ha dicho a mi mujer la del Ayuntamiento… Ya ves, en busca y captura por la Guardia Civil, y su madre denuncia su desaparición…

9.
Soy un tipo algo peculiar, no sé si ya lo he mencionado. Con unos valores peculiares también, algo chapado a la antigua, que dirían algunos.
Podría haberle pegado un tiro en la cabeza, o haberle rajado el pescuezo y haber acabado antes.
Pero no. Tenía que darle una oportunidad, brindarle la opción de salir con vida de aquélla, aun a costa de la mía propia. De hecho, era lo que pretendía. Un susto y a casa. Un susto inmenso, eso sí, de los que le hiciesen verter las tripas en los pantalones.
Supuse que sería por la vía rápida.
Un buen puño directo, en la mandíbula inferior, sería un knockout. Y luego remataría el trabajo, limpiamente y con el mínimo sufrimiento, a pesar de que se mereciese todo lo contrario. Se había ganado a pulso la agonía, el cagarse encima, pero reconozco que con los años y desde el nacimiento de mi hija, me había ablandado un poco. Así que como digo, haría un trabajo rápido y llevaría la prenda a la persona que debía recibirla.
Craso error –fue lo primero que me vino a la cabeza tras los primeros compases-. Si salgo de una pieza, he de recordarme que revise mi decálogo de buenas maneras y conducta honorable-. Luego, me comí un codazo en las costillas.
El chico prometía, la verdad, y la cosa, por cómo pintaba, no acabaría en el primer asalto.

10.
-Tal vez haya decidido quitarse de en medio una temporada –traté de alegar ante un desconfiado Paulino-. Sobre todo si llegó a pensar que denunciaríais…
-Eso es lo que le ha comentado la concejala a mi mujer, que eso se dice…
-Pues mira, es la primera noticia que tengo. No había oído nada. Me basaba en una mera suposición. Menudo hijo de puta…
-Tú lo has dicho –acentuó Paulino-. Menudo hijo de la gran puta…

11.
Menudo hijo de la gran puta.
Hacía mucho tiempo, demasiado, seguro, que no me veía envuelto en una trifulca con un combate tan duro, tan compacto, tan contundente.
Lo de las películas era otra cosa. Esto era realidad. Realidad pura. Y ya se sabe, ésta, casi siempre, supera la ficción.
Y en la realidad, generalmente, las peleas eran cosa de unos segundos. Así que la mía, la de aquel momento, tenía más de irreal que de creíble por lo eterna que parecía resultar. Pero dolía de cojones.
Los golpes se repartían a razón del setenta/treinta, siendo yo el receptor del último porcentaje, gracias a dios. Y por ende, los emitidos por mí eran más fuertes, más concretos, más certeros.
Sin duda, había subestimado al chico.
Y disfrutaba provocándole daño, rompiéndole el cuerpo, ocasionándole hematomas y haciéndole gemir.
Le tiraba una y otra vez, y de cuando en cuando encajaba una de las suyas.
Y el cabrón se levantaba siempre, como un resorte.
Tenía buenas piernas, bastante mejores que los puños y los codos, aunque los sacaba en una reiteración regular de academia. Llegué a leérselos antes de que los lanzase. Era lo que tenían de malo los aprendizajes de gimnasio frente a los de la calle y trinchera.
Llegó un momento, en que ambos dimos un paso atrás, respirando fuertemente denotando el cansancio y la tensión. No me podía creer lo que aguantaba el hijoputa.
Nos habíamos dado una buena tunda.
-¡Qué pasa, hijo de puta! ¡Que no puedes tirarme! ¿Eh? –me regaló el desgraciado, sangrando por la nariz y la boca y con la cara como un mapa, como si un nido de avispas se hubiese despachado con ella a gusto-. ¡No vas a hacer que doble…!
A todo esto, no nos quitábamos ojo, observando, al acecho, estudiándonos mientras girábamos alrededor de un círculo imaginario.
-Vas hasta arriba, ¿verdad? –le solté yo. No tenía el rostro apenas marcado, no mucho al menos. Sentía mayor incomodidad en el tórax y en los brazos, de un par de patadas recibidas y decenas de bloqueos-. Hasta las cejas de la coca de mierda que sueles colocar…
-No tienes cojones, cabrón…
Y el pedazo, me mandó una pierna elevada a la sien, sin acabar la frase siquiera, a la traicionera, amparándose en el descuido y saltándose la tregua que se presupone intrínseca a todo parlamento.
Ése fue uno de sus errores. Y me enojó. No le iba a consentir la violación de conducta tan honorable. Era como si alguien se atreviera a atentar contra la vida de cualquier caballero acogido a sagrado.
Me incliné ligeramente a mi diestra para detener el golpe y agarrarle por el tobillo, aprisionándolo bajo mi axila al tiempo que solté mi pie con toda la fuerza de mi cuerpo a la rodilla de la que se sostenía.
No fue algo fino ni estético.
Fue más bien una coz.
Pero muy efectiva.
Una patada de k.o.
Una de libro.
De libro de la calle.
Huelga decir que se la rompí.
Se la reventé.
Y cayó al suelo desplomado, como un fardo, chillando como un cerdo.
Confié en que tuviésemos el viento en contra, y que sus gritos no llegasen a las gentes de la urbanización. Para eso, entre otras cosas, nos habíamos alejado de lo habitado. Para no ser vistos ni oídos. Con la excusa de una importante compra por mi parte del material que el tipejo vendía.
Como él no paraba de gritar, y como yo estaba enfurecido, le propiné un patadón en la cabeza, de pura rabia y descontrol.
La sangre me saltó hasta los ojos. La del tipo, quiero decir.
Y sorprendentemente se calló.
Estuve a punto de darle otra, no sé, a bulto, por haberme manchado, y porque tenía la mano destrozada –que caí en la cuenta en ese momento- y no podría escribir durante unos días, pero me contuve.
Hice un rápido balance, un control de daños, y así, en caliente, noté las dos manos –dedos y nudillos, sobretodo nudillos, hinchados y enrojecidos-, bastante afectadas, un pómulo malherido, un corte en la cara… No quería pensar en aquel momento cómo sentiría mi cuerpo tras unas horas de cama y ya en frío. Pero bueno, en peores había estado y de peores había salido. Nada que un par de días de lecturas y relax y otro de ibuprofenos no solucionasen.
Me acerqué al chico yaciente y me agaché. Quería contemplar cómo le había dejado y soltarle mi parrafada constructiva primero, y la seria amenaza después, con el escarmiento, a ver si lograba que aprendiese la lección.
Sufría, indudablemente, sentía mucho dolor. También estaba claro que el efecto de la cocaína que llevaba en el cuerpo no había pasado en absoluto. Si lo hubiese hecho, probablemente su sistema nervioso se habría colapsado y la historia hubiese sido otra. Se habría acabado a las primeras de cambio. Nadie en su sano juicio ni en su corpore sano habría aguantado tal sucesión de golpes, daños, y padecimiento. No habría habido lugar a tanta ostia, no hasta aquel punto. Por lo que podría decirse, que el enfrentamiento se vio influido por un cúmulo de fatalidades y despropósitos.
Le noté sumiso, rendido, totalmente expuesto.
Cometí un error de pardillo, de principiante, entonces. Me confié. Ya digo, algún tiempo de inactividad y buenas intenciones y uno olvida que el mundo está plagado de hijos de puta indeseables.
Y me acerqué un poco más.
Tenía la pierna en la que le asesté el golpe definitivo girada, en una postura imposible. Creo que no se la vio, pues seguro que se habría desmayado.
Le agarré por un hombro.
-Chaval… -comencé con la disertación.
Cuando de repente, cogiéndome por sorpresa y desprevenido, el contrincante con movimiento felino sacó una mano de la nada como un rayo, tirando de cuchilla.
Fueron décimas de segundo.
Iba dirigida al cuello, a rebanármelo a la primera, a abrirme una segunda sonrisa sin dientes, mucho más grande.
Aún disponía de algunos de los reflejos que tan bien me habían servido en el pasado, y que me habían sacado de más de un apuro.
Y por unos milímetros salvé el tajo mortal esquivándolo, parando el impulso con la carne del hombro.
Gracias al músculo protegí los tendones. De haber estado más delgado, menos desarrollado, otro gallo hubiera cantado, y me habrían tenido que implantar algunos cables de titanio para poder seguir usando el brazo entero más que como un mero colgajo. Hubiese sido una especie de híbrido entre máquina y humano, como algún protagonista de Asimov.
Sentí cómo el frío acero hendía mi cuerpo, hincada la hoja rasgando tejidos y la carne. En esos instantes es complicado describir lo que se siente. Por acto reflejo llevé hacia atrás el torso, y la descarga de adrenalina me consoló contra el destello de repulsa de la laceración. Me hizo daño.
Y todavía el prenda, tuvo tiempo de incorporarse, sobre la pierna buena traspasando algo de peso a la lastimada sin problema. Sinceramente, no hay redaños a aguantar tal cantidad de padecimiento y dolor. El chico tendría que rabiar y suplicar clemencia. Se había metido por la nariz una cantidad mucho mayor de lo que había imaginado.
Animado por mi sangre, y envalentonado por haber conseguido malograr mi integridad física ciertamente, contraatacó con brío y decisión, esta vez al pecho, o a donde acertase, pues lo hizo ciego.
Yo reculaba, claro, con una mano en la herida sopesando la profundidad y los inconvenientes. Se calzaba el adversario una navaja de mariposa de una cuarta de hierro, que ni supe cuándo echó mano de ella, ni cómo. Eso mostraba su talento, así como toda la experiencia suya acumulada a pesar de la juventud en labores propias de ratero e intimidador.
Falló.
O yo lo sorteé con fortuna de cara.
Retrocedí un par de pasos más, para diseñar mi nueva estrategia. Me daría tiempo, pues se desplazaba arrastrando la quebrada, penosamente, con torpeza y lentitud. Decidí improvisando enrollar mi caro abrigo de lana quitándomelo, en torno al antebrazo defensor, dejando los faldones al vuelo, para usarlo de escudo y muleta, para parar y distraer.
El muy cabrón me lo había rasgado, y rajado la camisa. La herida sangraba copiosamente, era evidente, y escocía una barbaridad. En cuanto concluyese con aquello, la taponaría con cualquier cosa y dejaría que las plaquetas hiciesen su trabajo.
Por el agujero del abrigo me entraban cuatro dedos.
-¿Sabes lo que cuesta este abrigo, capullo? –me indigné.
-Que te jodan, cabrón –me respondió con unos ojos entrecerrados inyectados en sangre, por dentro y por fuera-. Te voy a rajar de arriba abajo…
-¿Ah, sí? –solté yo. Lo cierto era que el mierda estaba ya empezando a tocarme los cojones-. Mira esto, niñato malcriado –le dije mostrándole lo que me había sacado de la espalda, cogido al cinturón de piel con un adaptador también de cuero, hecho a mano y a medida por un guarnicionero conocido mío, en realidad una funda que solía utilizarse en las monterías para llevar a mano los cuchillones de desollar o de dar el matarile a las piezas mayores cuando ni los plomos ni los canes conseguían quitarles la vida del todo. Con un par de retoques, en forma de remaches y corchetes, se transformaba en el recaudo de otra herramienta, ésta diseñada por un amigo mío trasnochador y herrero. Sobre la base de una porra extensible automática y la cabeza de una hacha de doble hoja, me construyó una hachuela manejable y afilada que gustaba yo de portar –pero sólo en ocasiones especiales y algunas fiestas de guardar-, en lugar de los consabidos machetes y navajones, Apreté el botón liberando el resorte que la mantenía plegada y se extendió el asidero-. Te la metería por el culo por la parte más fría y ancha, y luego le daría al mango un par de vueltas, hijo de la gran puta. Pero me abstendré de darte el gusto. Por el contrario, voy a tirarla aquí, a un lado –y eso hice, dramatizando, como a cámara lenta-, para demostrarte que no me va a hacer falta para acabar contigo.
-¡Maricón! –fue su brillante salida, a la vez que brincando sobre la pierna buena se me colocó delante plantándome cara y buscando pincharme.
Juntos anduvimos enredados con nuestros dimes y diretes, yo más tranquilo porque con el abrigo le daba esquinazo a sus estocadas, hasta que pude hacer presa de la misma mano que lo sostenía –el estoque- y partirle la muñeca, cayendo el arma al suelo, a nuestros pies, yendo el muchacho tras ella aferrado a la nueva dolencia que le había infligido, sin saber muy bien yo si lo que profería por aquella boquita se debía al cúmulo de brechas, roturas y moratones, a la rabia de verse nuevamente reducido, o a un compendio de ambas circunstancias.
Como hombre precavido, dicen, vale por dos, sin respiro ni vacilación le hinqué la rodilla en el pecho, más o menos a la altura del diafragma –que también incomoda al propietario de este último-, y le molí la cara a puñadas, como si de una pera de gimnasio se tratase y yo un aspirante al título de los pesados. Me ensañé, lo reconozco, pero creo que se lo merecía, y en mi descargo podría alegar enajenación mental transitoria. Porque lo de miedo insuperable, me da la impresión, de que no colaría…
Noté en mis manos encalladas, endurecidas y entumecidas, cómo le iba fracturando todos y cada uno de los huesos de la cara. Si llegaba el mierda al nuevo día, tendrían que montarle un complejo sistema exterior de andamiajes para sujetarle hasta las pestañas.
También percibí, así por encima, que me había roto dos dedos, al menos, por lo que lo de un par de días de lecturas y relax y sin poder escribir se transformaría en una semanita como mínimo. Por esto, y para prevenir que me saliese con alguna otra argucia, le asesté un manojo de puñetazos más, serenos, programados, premeditados, concluyentes y definitivos.
Entonces sí.
Creo que no podía ver, y apenas respirar. Mostraba toda la superficie de cuello para arriba en carne viva.
Me estiré todo lo que di de mí para recoger el hachuela, que de ordinario empleaba para cortar tablillas para prender la chimenea y que así no se anquilosase. Con ella bien aferrada, por el extremo del mango extensible para proyectar mayor fuerza, me dispuse a llevar a cabo el principal motivo de mi presencia allí, el protagonista estelar del escarmiento que pretendía darle.
En toda fábula hay una moraleja. Pero a aquel bastardo las palabras no le bastarían. Eso lo sabía de sobra. Porque conocía muy bien a los tipejos como él. Los había a patadas, por desgracia. Y la enseñanza, para esa clase de gente, funcionaba mejor usando la comunicación no verbal.
Le cogí del codo del brazo derecho y le extendí la extremidad sobre el terruño.
Y sin vacilar un ápice, sin pestañear siquiera, descargué mi arma, seccionando su mano por la muñeca –que había sido fracturada unos instantes antes-, limpiamente.
-Te aseguro –le gruñí muy bajito, pegando mi boca a su oreja-, que con esta mano no volverás a tocar a ninguna niña…
Me cercioré de que me había entendido. Tuve que hacerlo siguiendo su reacción interior por los latidos del debilitado corazón que se aceleraron, y por cómo se le agitaban las tiras de carnaza inflamada de lo que antes había sido su cara.
Tenía que asegurarme de que conociese la razón por el que estaba allí y le había hecho todo aquello.
Le escupí, sobre la superficie donde anteriormente había estado su boca, bajo esa masa sanguinolenta e informe. Y me levanté.
Me le quedé, mirando mientras chillaba como buenamente podía. Casi se ahoga en su propia sangre, bilis, fluidos. No podría explicar qué clase de sensación me embargaba. Realmente no era placer. Sentía que era Justicia. Una justicia real y absoluta. Casi divina, diría. O kármica en equilibrio. La sensación de ver cumplida la máxima del ojo por ojo… Tal vez no suene demasiado democrático, pero me encontraba en éxtasis. Aquel hijo de la gran puta no volvería a hacer lo que hizo.
La hemorragia del muñón no cesaba de manar. De seguir a ese ritmo, el muchacho se habría desangrado entero, y la vida se le escaparía por el boquete.
Extraje una petaca de buen güisqui escocés del bolsillo, de malta, una que había llevado para la ocasión. Le di un buen tiento –a pesar de que no era yo de beber mucho y sin motivo grato, aunque qué razón más reconfortante que aquélla en aquel momento, el descanso del guerrero con la labor cumplida, y donde carecía miedo y continuaba sobre mis pies-, y le rocié la amputación, para tratar de cauterizar un poco la herida y detener tanto flujo de líquido vital.
-Tranquilo, chaval –se me ocurrió comentarle cuando se encogía por el dolor-. Esto es por tu bien. No quiero matarte demasiado. No del todo al menos. Como comprenderás, no pretendo que te vacíes como un puerco, sería demasiado fácil para ti y no tendrías ocasión de aprender la lección, y la transmisión de mi enseñanza sería en vano, quedando en agua de borrajas, como suele decirse…
No dijo nada, evidentemente, no de momento, aunque esperaba que me saliese con alguna réplica ofensiva y exabrupto, con alguna gilipollez de las suyas.
Bastante tenía con quejarse, maldecir, y lloriquear.
Plegué el mango de la hachuela y lo acomodé en su funda de los riñones. Para a continuación colocarme de nuevo el abrigo.
-Cabrón… -balbució el malherido-. Te voy a matar… -me advirtió.
-Disculpa chaval, pero no creo que te encuentres ni en condiciones ni en posición de proferir amenazas –le moderé-. Y ya sabes, no es necesario que te diga que el cortecito de la mano te lo has hecho tú solito cortando jamón… Como abras la boca, seré yo quien te busque, y si esto que te he hecho te ha parecido excesivo, ni te cuento lo que te espera… A ti y a tu puta estirpe…
El desgraciado no paraba de gemir y de quejarse.
Y la verdad, era comprensible, por mucha nieve que se hubiese metido.
-Te voy… Te voy a… -seguía, a lo suyo.
-Me vas a… nada, ya te digo. Y cállate la boca no vaya a ser que me arrepienta de dejarte respirando. Y da gracias a que se quedase así la cosa… Si la llegas a joder más, si hubieses dado el siguiente paso, sabes que te habría cortado otra cosa en lugar de la mano… ¿no?
El cabrón se echó a reír. Emitió un sonido gutural que interpreté como eso, como una especie de risotada.
-¿Qué te han dicho que le he hecho? –me pareció entender que articulaba-. ¿Qué la sobé un poco? ¿Qué te crees, que me molestaría una mierda para una mierda de sobeteo…? No, tío, no… Me la follé… Me la follé como a una perra… La forcé y me la follé… No veas cómo chillaba la puta… Y mis colegas mirando…
-¿Qué dices que hiciste? –me le quedé mirando, en tensión-. Me estás vacilando, ¿no, chaval?
-Je, je, je. No. No te vacilo, hijoputa –continuaba. Lo cierto es que no era capaz de discernir cómo podía aún hablar. Tendría hematomas hasta en la tráquea-. La violé en toda regla y del todo, o sea, un completo. Hasta el final. Y además se la cedí luego a los colegas que miraban, para que también se la metiesen. Lo que pasa es que son unos mierdas y se rajaron…
-No te creo. O mejor, no quiero creerte…
-Qué pasa, ¿que te ha dicho la muy zorra que la besé y la toqué un poco las tetas? Pues te ha mentido, bolo. Es más, seguro que la he dejado preñada y todo… Mira tú por dónde si al final lo mismo hasta somos parientes, tú y yo…
-No eran esas mis noticias –confesé aterrado por la pobre chica-. Y olvídate de ser de mi familia. No guardo ningún parentesco con ella…
-¿Entonces qué eres? ¿Un matón a sueldo?
-No. Para nada.
-¿Un súper héroe? ¿Una especie de justiciero?
-No. Tampoco. Tal vez un poco de eso último…
-Menudo gilipollas.
-Entonces esto cambia las cosas. De lo hablado, ni media. Supuse que no serías más que un mierda con media ostia que se había salido un poco del tiesto…
-Con media ostia, sí…
-Pero veo que estaba equivocado. Eres un hijo de perra en toda regla.
-Y qué si lo soy.
-Pues que si pretendo aplicarte el ojo por ojo y te he privado de la mano, si lo que has usado es otra cosa, puedes hacerte a la idea de lo que viene a continuación…
-¿Sí? ¿Qué me vas a hacer, cabrón comemierda?
-Yo de ti ahorraría saliva. Esto te va a doler…

12.
Me puse de nuevo el abrigo tras haberme bajado las mangas de la camisa.
Tenía la costumbre de remangarme para trabajar. Me gustaba la sensación de los brazos desnudos al aire. Y de paso, mostraba los tatuajes, que me protegían.
La ropa que llevaba puesta tendría que quemarla. Estaba rota, sucia, y apestaba a gilipollas, y no era por mí.
También estaba lo de borrar cualquier posible huella, principalmente.
Eché a andar hacia casa, pensando en recoger algunas cosas que me servirían para la conclusión de la jornada. Como había habido un ligero cambio de planes, tenía que improvisar sobre la marcha.
Al cortarle la polla se había desangrado. Como el hacha no es que fuera precisamente una herramienta de precisión, me llevé los testículos de paso, por delante.
Vaya mierda de aparato que tenía, el muy capullo. Una verdadera ridiculez para un tío tan grande. Seguramente por eso se reafirmase en su virilidad abusando con la violencia gratuita y con la intimidación desmedida, de cara a la galería.
Le pegué un trago a la petaquita. Sentaba bien y aplacaba un poco el fresco que se había levantado, como era habitual por aquel tiempo. Yo, que me había presupuestado un par de horas máximo para cumplir el cometido, y resultaba que se me iría toda la noche…
Lo cierto es que jamás –dentro de unos razonables márgenes y si la cosa no se torcía convirtiéndolo en inevitable, y sin refrenar mi propio instinto de supervivencia-, pretendí matarlo. Sólo darle el escarmiento que se merecía. Claro, que lo de la violación no estaba en mi conocimiento. Mi amigo y padre de la criatura –la víctima-, se abstuvo de comentarlo. Sólo mencionó que la habían agredido, con leves tocamientos y alguna magulladura. Y le creí cuando me confirmó lo contrario el capullo culpable. No era plan de contrastar la información, y menos a aquellas horas. Le creí porque sentí que decía la verdad. Lo vi bajo aquella maraña de carne fresca recién cortada y masa muscular ensangrentada que tenía sobre los ojos. Aunque no comprendo cómo fue capaz y tuvo el valor de admitirlo, de reconocérmelo. Tal vez intentase desafiarme pensando que me rajaría, o algo.
Le di un nuevo tiento al licor curado.
No me agradaba el sabor, mezclado con mi propia sangre y el polvo del camino y la batalla en la garganta.
Pero era mejor que nada.
Y me perdí en la lejanía y la noche, tragado por las sombras, sin volver la vista atrás.

13.
Si me hubiese cruzado con alguien por la vereda seguro que hubiese jurado al día siguiente, en la tasca del pueblo con el copazo de aguardiente de hierbas, que se había topado con un ánima errante en pena. O con un enviado del Infierno.
Y lo cierto es que no era para menos.
Yo, un espectro enorme con un fiambre chorreante sobre los lomos y una pala al hombro, deambulando en silencio por la trocha de la vía que se utilizaba como servidumbre.
‘Soy El Francés… -me iba diciendo una y otra vez-. Y me llaman el Enterrador…’.
A pesar del bulto que portaba, caminaba sobrado, seguro de mí mismo, de lo que había hecho y de lo que me quedaba por hacer.
La cabeza del chaval, lacia, se zarandeaba con mi paso, y me golpeaba los riñones una y otra vez, con cada uno. Con la mano derecha le cogía por las córcovas, para que no se me cayese y acabase desparramado entre los terrones. El tipo era grande, como se ha dicho, y pesado, más en peso muerto. Aunque me tengo por fuerte, corpulento y acostumbrado, me costó lo mío encalomármelo sobre el cuello. Como estaba flácido, mustio, laxo, muerto, pues no colaboraba. Hube de arrodillarme e introducir la cabeza bajo su cuerpo rodándolo, luego enderezarme tratando de preservar la espalda todo lo posible, acuclillarme, y proceder al levantamiento como harían los halteras, con todo el peso repartido en las piernas. Lo logré. Pero no estaba dispuesto a repetirlo. No de manera gratuita.
Probablemente, y ayudadas por el zarandeo, algún trozo de víscera y alguna gota de sangre fueron sembrando mis huellas remarcando las improntas que iba dejando. Por eso anduve por la trocha, a orilla del camino, para que la tierra agrietada y removida de los campos en barbecho comidos por la grama, la retama y las malas hierbas borrase enseguida cada uno de mis pasos. Y también lo harían los bichejos, por estos lares numerosos, devorando el alimento que como maná les caía del cielo.
Atravesé mis buenas parcelas, al cabo de cerca de treinta minutos de paso ligero, hasta que divisé el cartel que tan bien conocía, por haberlo ido a buscar en previsión de lo que había pasado. No era necesario inspeccionar bien los terrenos, pues de sobra los conocía de mis paseos deportivos con la perra, y de asueto con la familia y los amigos. Aun y así, la tarde anterior a la fatídica noche me eché de nuevo al monte llano, como el que no quiere la cosa, para registrar el contexto y preparar el terreno, para inspeccionar cuál sería el lugar más conveniente para el encuentro y el que más favoreciese mis propósitos e intereses. Y luego fui un poco más allá, por si se torcía como finalmente se torció.
Allí estaba.
Decía:
SE VENDE
Y un número de teléfono.
Escrito malamente.
Con pintura sintética en una chapa remachada a un palo de hierro pinchado en la tierra y asegurado con unas pocas piedras de canto.
Entonces giré a la izquierda trotando campo a través.
Contaba con al menos treinta o cuarenta hectáreas baldías. No creo que superase las cincuenta zancadas de a metro, de ancho, teniendo el resto de fondo, conectando al final con la otra servidumbre.
Ése había sido el elegido.
Más o menos en torno a la mitad, en una depresión natural que se me antojó valle, sería donde mis pies se detuviesen. Me acompañaban un poco de luna y un lúgubre silencio.
Hube de afirmar el paso, y asegurarlo a cada momento, en los últimos tramos, en la bajada. Hubiese sido un mal augurio que una torcedura de tobillo, o un esguince, me arruinasen el fin de fiesta.
Allí estaba.
Allí mismo sería.
Dejé caer al chaval de golpe, con estruendo. No merecía ningún miramiento.
Y solté la pala a un lado.
Me lo tomé con calma.
Le di un penúltimo sorbo al güisqui –casi tan viejo como el muerto-, que se iba acabando, y maldije haber usado una generosa cantidad cuando lo del muñón. La guardé religiosamente en el bolsillo interior de mi abrigo. Extraje mi teléfono portátil, de última generación, un iPhone 4S, por más señas. Tuve que quitarme los guantes.
Abrí la aplicación WhatsApp y busqué un contacto concreto. El nombre de éste era: GESTOR. Y me dispuse a teclear torpemente. Si ya era un inconveniente tener las manos grandes, triple suponía el tenerlas grandes, rotas e hinchadas. Un manojo de pollas, que dirían mis viejos amigos. Y eso a pesar de que las cuidaba como oro en paño… Pero una vez que uno pega con ellas, la cosa comienza a joderse, y ya no hay mano fina y lustrosa si ha roto alguna cara y se le ha clavado más de un diente…
Pero lo conseguí. Con tesón y paciencia.
A pesar de lo intempestivo de la hora, sabía perfectamente que eso mismo no sería inconveniente. Le conocí, al Gestor, hacía tiempo, y creo que muy pocas veces nos habíamos visto o habíamos tratado a la luz clara del día. Eso fue en los viejos tiempos, donde más que amigos, uno hacía hermanos. Desde entonces, le había hecho ganar mucho dinero con el porcentaje estipulado, claramente superior a los porcentajes que se cobraban en horario de oficina. Y él a mí también, con sus consejos y recomendaciones, y con su servicio de lavandería. Era abogado, el Gestor, a quien llamábamos los hermanos así del mismo modo que nos llamábamos con otros nombres entre nosotros mismos en ciertos momentos. Y porque tenía una gestoría, que no hay que andarse por las ramas ni irse muy lejos. Un nombre para el día y para el mundo, y otro para la noche y su otro mundo. Ya habrá tiempo de mentarle de nuevo, más adelante, si dios –como suele decirse- me da fuerzas y no vuelvo a romperme los dedos, esta vez, de forma definitiva.
URGENTE. Compra finca rústica. Te paso el número del vendedor.
XXX XXXXXX
Las X conformaban el teléfono, como es evidente.
Y le di a enviar.
Me guardé el aparato.
En cuarenta y ocho horas la finca sería mía.
El Gestor era un tipo resuelto, solvente, con recursos.
Y con un amplio abanico de contactos. Entre otros, en una Notaría.
Así que bueno, tenía que ponerme manos a la obra y abonar un poco mi próxima tierra, mi futuro campo.
Volví a acoplarme los guantes, viendo las estrellas al forzar los dedos entumecidos.
Del bolsillo trasero del bulto a mis pies cogí el teléfono del caporal. Tendría que destruirlo, por supuesto. No era plan que nadie le llamase. Para qué, si había muerto y no iba a estar en disposición de devolverlas…
Antes de apagarlo, me dio por toquetearlo un poco. Tenía tres mensajes. Le habían entrado en la última hora.
El primero decía:
que ay tronco. pasate por el bar con un par de pollos.
El segundo proseguía:
mejor que sean dos y medio que el antoñin quiere medio
Y el tercero rezaba:
que pasa tronco vente lla que se jode la fiestuki.
Los tres eran del mismo. Del dueño del único bar del pueblo que seguía abierto a aquellas horas.
Todo el mundo lo sabía, lo de los trapicheos. Lo que me jodía era el descaro con el que se desenvolvían, poniéndoselo a las autoridades como dicen que se las ponían a Felipe II… Ahí mi estupefacción. No entendía por qué no todos los gilipollas como aquéllos estaban trincados y en el trullo, y haciendo zanjas o limpiando cunetas. Si es que parecían pedirlo a gritos… Y aparte, tal vez hubiesen tenido tiempo de leer un poco –los que supiesen hacerlo-, y aprender a escribir mensajes como dios manda, ostia puta.
Apagué el cacharro –superando la tentación de contestar al inepto del bar con algún exabrupto académico-, y me lo guardé, en el bolsillo contrario al que preservaba el mío, por si le contagiaba algo. Tendría que inutilizarlo, despiezarlo, y deshacerme de él. El tema de la localización por GPS nos había vuelto un poco paranoicos a los que aún teníamos dos dedos de frente. También le cogí la cartera.
Estando ya todo más o menos, no quedaba sino poner manos a la obra.
Realicé algunos estiramientos y movimientos circulares con las articulaciones. Era una tarea dura la que me aguardaba, y no quería joderme más con algún tirón. Además, hacía frío.
Ya sintonizado, bien engrasado y caliente, me quité el abrigo y lo doblé, a un lado, sobre un peñasco, con el forro hacia fuera para reservarlo en lo posible, cuando iría directo al fuego en cuanto llegase a casa. Pero bueno, era una costumbre.
Me escupí en los guantes, en las palmas –como hacían siempre mis compañeros sepultureros en mis tiempos en el cementerio-, para que no resbalasen, y agarré la pala. Reconocía su tacto, su forma, su textura.
‘Soy El Francés… -me repetí-. Y me llaman el Enterrador…’.
Clavé la pala, empujando con el pie.

14.
Comenzaba el sol a despuntar rompiendo el horizonte.
Lo vi al abrir la puerta de mi casa, orientada al Este. Las mejores puestas de sol las he disfrutado desde el ventanal de la cocina, en Poniente, sin obstáculos ni construcciones.
Allí estaba, junto a la lavadora. Ya habían dado las seis.
Al poco de adquirir la vivienda y de venirse la que sería mi mujer a vivir conmigo, consideramos –consideró ella, más bien-, que a la casa le hacía falta una bonita reforma y una pequeña ampliación, así que corrimos toda la parte de atrás cinco o seis metros en profundidad, y la cerramos, añadiendo nuevas estancias y agrandando otras. El caso era que de los tres meses iniciales con presupuesto por escrito pasamos a algo menos de dos años y cuatro veces lo presupuestado.
La cocina había quedado muy mona. Muy mona y desahogada. Y partida en dos dependencias. En la primera me encontraba, junto a la lavadora, el lavavajillas, y una alacena de ladrillo y escayola. Y dos bancos de confesionario del siglo XIX que rescaté de la capilla del cementerio en mis tiempos de enterrador y restauró mi mujer, que era una artista.
Estaba hecho polvo. Muy cansado. Joder, era joven, pero uno iba teniendo ya una edad…
-No te jode el cuerpo los años –decía un viejo amigo mío-. Te lo jode la buena vida, el comer bien, el sofá y la falta de acción. Te lo jode, en definitiva, el aburguesamiento.
Había dispuesto una bolsa de basura gigante a un lado, donde iría echando lo desechable, que luego quemaría en el jardín, en la zona de barbacoa, en el incinerador de desechos vegetales que había mandado fabricar, o en el horno de mi mujer. Ya vería, dependiendo de lo abierto del día cuando procediese.
Sentí pena por el abrigo. Me entraban varios dedos por el agujero principal, y las manchas no saldrían de ninguna de las maneras. Había sido un regalo, de mi mujer. Le tendría que soltar una buena excusa.
Me miré y me di un poco de asco.
Estaba sucio, sudoroso, y ensangrentado. Mi sangre no me importaba, pero la del otro hijoputa…
Tiré el abrigo al suelo, hecho un gurruño, y la camisa. Los zapatos embarrados y los calcetines. Los pantalones. Y hasta los calzones tipo bóxer ceñidos. Todo.
Me quedé como mi madre me trajo al mundo.
Tuve que agacharme con seria dificultad y crujir de huesos y articulaciones para meter todo en el saco. Si alguien entraba a la cocina en ese momento, se toparía conmigo totalmente desnudo, con los tatuajes y las vergüenzas al aire. Y expuesto, desde atrás. Una visión nada reconfortante, os lo aseguro.
-Buenos días –le dijo alguien al agujero de mi culo. Ese alguien era alguien siniestro y silencioso, que caminaba arrastrando los pies pero como deslizándose, sin tocar el suelo, sin hacer ruido. Siempre igual…
Me sobresaltó.
No porque le tuviese miedo –que también-, sino por lo temprano de la hora y porque me había contemplado como nunca nadie antes, en una posición para mí poco ventajosa. Se trataba de mi suegra, por supuesto, quién si no, que se levantaba con el alba proyectando su sombra emocional de pesadumbre que no tenía reflejo en los espejos…
-¡Dios! –exclamé pero en voz baja, pues el resto de la familia aún dormía, conteniéndome y cubriéndome las partes pudendas con las manos como buenamente podía-. ¡Rosaura, por favor, venga silbando o algo! ¡Me ha dado un susto de muerte!
Mi suegra había rebasado las siete décadas de vida, cosa extraña para lo que fumaba, y veníase a vivir con nosotros algunas temporadas en el año, lo que ella llamaba sus pequeñas vacaciones y yo mi gran infierno inexpugnable.
-Pensé que te acababas de levantar –esgrimió a modo de excusa.
-Pues ya ve usted que no. Lo que no obsta para que vaya usted por la casa como un alma penante –recusé-. Iba a arreglar este desbarajuste de ropa. Luego me ducharé y llevaré a la niña al colegio…
-¡Pero bueno, dónde has estado! –me escupió arrimándose a un palmo de mi rostro-. ¡Tienes la cara hecha fosfatina!
-Gajes del oficio, señora. Uno con el que he discutido, por un golpe en el coche. Ya sabe… -tanto hubiese dado lo que le contestase. No tenía costumbre de escuchar a nadie salvo a sí misma, y al rato, ya se le habría olvidado…
-Si es que van como locos… Mira que yo podría conducir, pero ya es que me da hasta pánico…
-Rosaura, si usted se pusiese al volante, los que tendrían pesadillas, créame, serían todos los demás conductores. Y habría que ahorcar al funcionario que se lo autorizase…
-¡Anda…! –me dijo dándome un toque cariñoso en el hombro, junto a la costra infecta donde me había llevado la peor parte, que supuraba-. ¿Has desayunado?
-No. Aún no –respondí aguantando el pinchazo repentino.
-Pues te hago un café. Y una tostada.
-De acuerdo. Gracias. Écheme esta vez azúcar, si es tan amable. Está en el tarro donde pone azúcar. El otro no es. El otro es el de la sal, por eso pone sal…
-Anda, cachondo…
-Y por favor, cuando salga humo, y huela a quemado, retire la tostada. Es la señal de que ya está en su punto, algo pasadilla. Ya llevamos dos tostadoras este mes…
-¿Con leche? –me gritó sin escucharme, y sin captar mi fina ironía.
-Sí, por favor.
Entonces se puso a lo suyo, a lo nuestro mejor dicho, con el desayuno, comiéndose una galleta y encendiendo el primer cigarrillo del día. Lo hacía, lo de la galleta, porque según ella era malísimo para el organismo fumar en ayunas. Los otros treinta y nueve plajas le sentaban al cuerpo de puta madre, siempre y cuando se tuviese algo en el estómago.
Mientras se peleaba con la cafetera me di una ducha cálida y reconfortante, sin recrearme demasiado para que el agua caliente no avivase mi sangrado. No quise ni mirar lo que se iba por el sumidero mezclado con el agua y el jabón. Tan pronto bajaba rojo, como lo hacía negro. Y estaba roto. Yo, no el sumidero.
Al concluir, me sequé con sumo cuidado. Tiré la toalla al suelo e hice un ovillo con ella, con la esponja dentro. También iría a la lumbre.
Ahora, pasaríamos a la fase dos.
Los moratones, hematomas y quebraduras se quedarían tal cual, curarían solos y con el tiempo. Para el corte del pómulo, de un puñetazo que por fortuna rompió, un poco de Betadine aplicado con algodón. Era más bien superficial. Y la cicatriz sería más discreta si cerraba por sí sola, sin mi intervención. Contaba con algunos remedios que mi mujer –fitoterapeuta aficionada-, solía utilizar para las pequeñas dolencias y heridas domésticas, por lo que decidí acabar con la pomada de aloe vera untándome medio cuerpo, y embadurnarme después con una redoma con pulverizador de esencia de equinácea diluida. No quitaban el dolor, pero desinfectaban.
Procuré con cada uno de los movimientos evitar la laceración del hombro, que parecía un hachazo, con la carne colgando.
Así que ya, fresco como una rosa por fuera, bañado en esencias y perfumes, púrpura en algunas zonas como un Cardenal vaticano, me senté sobre la taza del inodoro para zanjar cuanto antes el asunto, no fuera que mi suegra pegase fuego a la cocina o me echase de menos.
Había sacado un pequeño maletín que guardaba siempre al fondo del segundo estante del armario de obra empotrado, bajo el lavabo encastrado, y que conformaba mi básico kit de primeros auxilios. Claro, que no son los mismos los primeros auxilios precisos en una guardería en un momento dado, que los que pudiese necesitar un tipo como yo. Por seguro, que mi kit no tenía tiritas de colores y muñequitos ni Mercromina, y sí pinzas largas, otras cortas, tijeras, tenazas, y hasta un espéculo. Dando por lo más ordinario unos cuantos rollos de sutura y un surtido juego de agujas curvas.
Coloqué unas gasas, impregnadas de más desinfectante industrial, sobre la encimera. Antes me eché un poco sobre el corte, a chorro.
Enhebré una de las agujas con la sutura, una de las medianas. Me puse en la boca entre los dientes un trozo de madera con forma cilíndrica. El mango de un cepillo para el pelo, de mi mujer. Recé para que mi suegra no lo hubiese usado. No tenía otra cosa a mano. Lo había visto en algunas películas y funcionaba, aunque sólo fuese por la sugestión. Lo único malo, el dolor de muelas posterior.
Hice unos movimientos de cuello, también muy peculiares, como para calentar y para demorar inconscientemente el fatídico momento. No era la primera vez que lo hacía, aquello –y no me refiero a la gilipollez de los estiramientos-. Ni sobre mí ni sobre otro.
Pillé la aguja con la pinza corta. La arrimé a la carne, al colgajo, al labio inferior que el chaval me había abierto al lado izquierdo. Di gracias a dios –como suele hacerse en casos como este-, porque dispusiese de la mano diestra –que era la buena para gran parte de las cosas que se suelen hacer con las manos de manera habitual, legal, y civilizada-, para proceder. Si el corte hubiese estado al otro lado, en el otro hombro, habría tenido que ir en busca de ayuda.
Clavé la aguja. Por debajo. Tuve que apretar.
¡Ostia puta! ¡Cómo dolía!
Una tonadilla infantil acudió a mi mente. Esa que decía:
…así cosía, así, así.
Así cosía, así, así.
Así cosía, así, así.
Así cosía que yo la vi…

15.
Parecía otro, con mi albornoz mullido y reluciente de felpa, mi olor a alcohol de romero, y la ropa interior limpita y confortable.
Aunque tenía mala cara.
Y si no mala, no muy buena.
Tras el desayuno y algún antiinflamatorio –que yo también comulgaba con los remedios químicos de laboratorio-, seguro que eso cambiaba, y se me alegraría un poco el día.
Anduve descalzo por toda la casa, tratando de localizar las zapatillas de franela a cuadros que mi mujer y mi hija decían que eran de viejo pero resultaban cómodas, prácticas y calentitas en invierno. Mi pequeña –que siempre andaba en calcetines-, solía cogérmelas para trasladarse de una estancia a otra, y luego me las dejaba perdidas donde menos cupiese esperar. Estaba muy graciosa, con las alpargatas quince números más grandes. Y si no, era mi mujer, que también gustaba de usarlas. Sólo hubiese hecho falta que a mi suegra le hubiese dado por lo mismo. Hasta ahí podíamos llegar…
Al no dar con ellas desistí, confiando en no constiparme por esa tontería de ir con los pies desnudos. Era lo único que me vendría cojonudo en aquel preciso momento, pillarme un gripazo.
Introduje, volviendo a la cocina, todo lo que había llevado puesto unas pocas horas antes en el saco de basura, que seguía medio desparramado, y la toalla, esponja, y restos de la cura junto con ello, encaminándome al ventanal doble del porche cubierto para salir a la trasera de la casa, al patio ajardinado con cerramiento de fábrica de algo más de dos metros.
Hacía frío.
Me dio en la nariz, figurativamente, que no sería buena idea ir afuera a meter fuego. Y menos descalzo. Y el día parecía ir abriéndose claro y luminoso. Y me dio en la nariz, literalmente, un conato de estornudo.
Por ello, lo haría en el interior, que sería más rápido y efectivo, por otro lado. En el taller de mi mujer.
Mi suegra me miraba como si le hiciera gracia, o como si yo fuera una especie de fantasma ridículo. Aún no había transcurrido ni una hora desde que nos separásemos emplazándonos al desayuno y ya habían caído cuatro cigarrillos, con los consiguientes pestazo y humareda –zorrera, que dirían en mi pueblo-.
La ignoré. No quería que me asaltase con preguntas comprometidas.
Entré en una de las dos habitaciones que habíamos sacado del garaje, cuando la obra, utilizada como taller por mi mujer. Mi mujer pintaba, esculpía, creaba, modelaba y torneaba allí. Bueno, y en otros sitios. Cerámica, hierro, yeso, escayola, multitud de texturas, formatos y materias primas más. El sitio estaba repleto de baldas y estanterías atestadas de botes, tarros, pomos, cajas, pellas, polvos, esmaltes y piezas, acabadas y sin terminar, por un lado, y de lienzos, tablas, tablillas, bastidores, caballetes, atriles, más polvos, óleos, acrílicos, acuarelas, pastel, lápices, más botes, pinceles, sopletes, artilugios que no sabría nombrar, blocs de papeles gigantes y telas por metros enrolladas, entre otras cosas, junto con algunos de los cuadros que había pintado, terminados y sin acabar, colgados en las paredes o rodando por el suelo.
Entre la maquinaria, que yo cariñosamente denominaba pesada, por mi experiencia ante sus antojos de cambiarla de sitio con cierta frecuencia, se encontraban un torno de alfarero eléctrico, una laminadora, una amasadora, y dos hornos cerámicos, uno de gas y otro de luz. La última vez que se movió el de luz, que consumía dieciséis mil vatios de vellón sin pestañear, precisé de la ayuda de tres buenos vecinos por el favor en sí mismo y por unos botellines con tapita de jamón. Los tres en la parte de atrás, y yo solo delante, como un buey de tiro. Sólo me faltaba el ronzal. Las barras que cruzamos por debajo a modo de parihuelas, también de hierro, ya pesaban una barbaridad en sí mismas, muy difíciles de manejar por una única persona.
Lo haría en el de gas.
Mil doscientos grados centígrados y filtros purificadores de humo y olores. Más rápido y efectivo, como he dicho. Y más discreto.
Introduje el saco de la ropa. Manipulé los mandos. Y encendí. En pocos minutos no quedaría nada. Absolutamente nada.
Ni de la cartera ni del teléfono móvil del chaval, que iban con la toalla.
Antes le cogí un puñado de billetes y cinco papelinas, que no soy estúpido. Me lo tomé como un pequeño emolumento por los destrozos personales y por las molestias ocasionadas. El puñado sumaba casi trescientos, y la droga no valía ni para tomar por culo. La probé humedeciéndome la punta del dedo y ya digo, una auténtica mierda. No me extraña que la juventud vaya por ahí haciendo el gilipollas, con la porquería que se movía en las calles. Tres bolsitas de un gramo, y dos de medio, deduje. Unos doscientos más. Claro, que yo no hacía esas cosas, eso de ir vendiendo menudencias, con lo mala que era y lo malo que es, además. Yo no hacía esas cosas, por dios. Ya no. Así que se la daría a algún amiguete y quedaría bien con él. Y me debería una.
Miraba con los ojos cerrados cómo trabajaba el horno, relajándome casi del todo, cansado de tanto trajín nocturno. Que uno iba teniendo ya una edad.
Me vino un olor extraño, a quemado, y hube de comprobar la extracción de humos del horno y los filtros. A veces anidaban las mirlas en la cúpula de chapa que coronaba la discreta salida del tubo, y se atascaba con tanta ramita y pajillas. Pero no. No podía venir de allí. Todo estaba en orden. Y el sistema de seguridad lo bloquearía inmediatamente en caso de detectar el mínimo fallo.
-¡Ya está el desayuno! –gritó mi suegra a pleno pulmón.
-¡Señora, que va a despertar a todo el mundo! –grité yo a mi vez, contrariadísimo, contribuyendo a la algarada general.
Ya sabía la procedencia de aquel tufillo a quemado.

16.
Por la cocina parecía que había pasado medio regimiento de zapadores a tomar un refrigerio.
Todos los trastos por medio, la escuadra de la encimera alicatada desbordada de migas, manchas aceitosas de mantequilla en tres o cuatro puntos, salpicaduras de mermelada de dos sabores diferentes por doquier, leche derramada, café en costra pegado a la vitro cerámica, dos cuchillos pringados, y mi suegra sonriente con un nuevo cigarrillo con su desayuno a medio terminar y un cenicero atacado de colillas aún humeantes.
El ambiente me trasladó en mi subconsciente a un contexto londinense de amanecida en una callejuela a orillas del Támesis de hace un siglo.
Sólo que la niebla era zorrera, y la dificultad de visión se debía al humo.
Tragué mi café con leche y tostada al infierno –todo frío, y a palo seco-, con prisa, sin demora. Me dio la tos. La atmósfera era irrespirable.
-Por qué no se anima y cambia de marca de tabaco –le sugerí de buenos modos. Lo que fumaba era lo más barato. Y apestaba.
-Porque me he acostumbrado a éste –argumentó mezclando las palabras con una exhalación blanquecina, turbia-. Y éste, es el más barato. Con mi pensión no puedo permitirme otra cosa…
-Puede permitirse no fumar… No obstante, si quiere, estaría dispuesto a subvencionar yo la diferencia…
-No te preocupes. Me gusta el que fumo. Me he acostumbrado.
Se levantó mi mujer –su hija-, y apareció por el arco medio ciega, adormilada. Si no tomaba el desayuno, no era nadie. Después del café cargado comenzaba a sentirse persona, y a demostrarlo.
-Hola chicos, buenos días –dijo dándome un beso y encaminándose a la cafetera caliente-. Qué jaleo es el que tenéis…
La habíamos despertado, pero estaba de buen humor.
Se ofreció a llevar a nuestra hija al colegio, para que así yo pudiese descansar.
Se lo agradecí con otro beso y corrí a la cama, no sin antes entrar en la habitación de la pequeña para abrazarla y taparla un poco. Estaba preciosa, hecha un ovillo, dormidita. Lo mejor de nuestra casa.
Fue una sensación mística, casi lujuriosa, cuando me tumbé desnudo y me eché el edredón por encima. Me dolía todo el cuerpo. No quería ni pensar en cómo estaría cuando despertase.
Como no recordaba si había tomado antiinflamatorios, me tomé otro, por si acaso, con un trago de agua.
Intenté agarrar el libro de cabecera, Memorias de un Enterrador, para leer un poco antes de dormir, como tenía por costumbre, pero me daban calambres al tener los brazos en alto, sólo por sostenerlo. Así que lo cerré y dejé los ojos sin abrir.
Procuraría reposar y curarme pronto. En un par de días, o al día siguiente –que la disritmia circadiana me tenía desorientado, pues había perdido el hábito de las noches-, sería la representación de mi hija, y tendría que mostrarme presentable. Me llenaría de satisfacción decirle a mi amigo Paulino que se había hecho justicia. O no se lo diría. No me adjudicaría el mérito. No me era necesario. Ni el desenmascararme tampoco. Pero le haría llegar el mensaje, la misma tarde.
El sueño me vencía.
Un sueño profundo, pesado.
Un sueño sin sueños.

17.
El mismo día de las actuaciones de nuestros hijos, un grupo de amigos y vecinos coincidimos en el Club Social para tomar unas cañas y algunos pinchos. Fue una jornada amena y distendida, con los niños corriendo y jugando alegres, libres de cualquier culpa y toda preocupación.
Paulino se cuidó mucho de retomar la conversación donde la habíamos dejado, prudente y temeroso de que oídos indiscretos nos escuchasen.
En las banales charlas parecía como si yo no participase, circunspecto y ensoñado, satisfecho. Si no hubiese estado en mi mano hacer algo de ley, en caso de haberme visto afectado por cualquier injusticia, me habría agradado que otro lo hiciese por mí, equilibrando la balanza y poniendo las cosas en su sitio.
La pena para un violador era de risa. Lo sabía porque había conocido a unos cuantos. Unos pocos años de reclusión hotelera, sin mezclarse con los comunes pues los comunes entienden de justicia verdadera y se rigen por sus propias leyes, y al cabo los psicoterapeutas de mierda y de los cojones que si venga, que si un permiso, que si otra oportunidad, que si los derechos humanos.
Los psicoterapeutas desde sus púlpitos y protegidos en sus urbanizaciones privadas cerradas, donde no entra ni el aire que toca a los pobres y excluidos.
Y en el primer permiso penitenciario, otra violación. Y si le pillan, vuelta a empezar. Otros escasos meses de pensión completa y otra vez a la calle… Para que siga violando y hasta que mate a alguna mujer, que entonces dicen que la integración no ha sido satisfactoria. Valientes hijos de puta…
Tal vez pueda parecer extremista. Pero tengo una hija.
Compartimos unas gratas pláticas y pasamos una jornada agradable, acordando la retirada para ir a dormir la siesta.
Tal vez por la tarde, nos cuadrase un cine, o una merienda. Nos lo tomamos como un día de fiesta.
Mi hija se quedó con las de unos amigos, para ir a comer a su casa, por lo que mi mujer y yo pudimos disfrutar de cierta intimidad en la clandestinidad con mi suegra de por medio viendo la teleserie a todo volumen.
Mi amada se durmió, entre mis brazos.
Cuando supe que no la despertaría, me levanté y me vestí. Todavía convalecía el cuerpo, magullado, y sufría muchas molestias. Un sueñecito me hubiese hecho bien, pero tenía un asunto pendiente.
Me hice un café y con la taza caliente salí de la casa hacia el trastero. Mi suegra ni se enteró de mi presencia, en su mundo y con su tele.
Ya en el cuartillo, me ajusté los guantes desechables de látex.

18.
Paulino se encontró el paquete a la puerta de su casa.
A la puerta de su casa hace alusión a la de entrada a la vivienda.
Miró alrededor. No se explicaba cómo podía estar allí aquella caja. Habrían tenido que saltar la cancela. O la valla.
La hija mayor dormía. Últimamente apenas salía de su cuarto. Y lloraba, a ratos, sin poder controlarlo, sin consuelo posible.
La pequeña no estaba, que también se había marchado con las hijas de los amigos y con la mía.
Y la mujer dormitaba, en el sofá, con el documental de fondo sin voz.
Él se acababa de despertar. Desde lo de su hija mayor tampoco lograba conciliar el sueño normalmente. Y salía al porche a echarse un cigarrito.
Cuando regresaron del club social no había nada. Y ahora sí. Habían tenido que saltar, por cojones.
Miró de nuevo en derredor.
Y luego observó el paquete.
Las seis o siete cañas del mediodía aún le mantenían un poco lento, abotargado.
No tenía ni sello, ni remitente, ni señal identificativa alguna.
Una simple caja de cartón.
Un poco más grande que una de zapatos, a simple vista, sellada con cinta de embalar.
Como no temía que se tratase de un envío con bomba, y picado por la curiosidad, la cogió y se encaminó a su cuarto de herramientas.
La depositó con sumo cuidado sobre las borriquetas que tenía montadas con un tablero, con las que solía entretenerse, y decidió liarse el cigarro. Había de ser cuidadoso, pues parecía contener algo de vidrio.
Fumó tranquilamente. Incluso entró de nuevo en la casa para prepararse un café. Lo cierto era que le estaba dando demasiadas vueltas.
Dejó los temores de lado y la desembaló apresuradamente con un cúter, aunque sin llegar a destaparla. Aplastó el último centímetro de tabaco contra el suelo, con el pie, sin echar cuentas del cenicero que tenía al lado y que siempre usaba.
Y descubrió qué era lo que quienquiera que fuese le había hecho llegar.
Eran dos objetos.
Cogió cada uno con una mano.
Y los contempló largo y tendido, ensimismado, intentando procesar lo que sus ojos veían.
Dos tarros de cristal transparente con tapón de rosca. Dos tarros decorativos, que se podían comprar en cualquier establecimiento barato de decoración de consumo. Dos tarros algo mayores que un frasco de mayonesa y cercanos a un bote de cacao.
Aunque habían sido sellados. Había restos de cera, o lacre, o algún tipo de plaste o derivado de silicona que impedía que nada saliera, que nada entrase. Ni el aire.
Como entendía de aquello, pues era enfermero, arrimó la nariz a cualquiera de ellos y reconoció el olor del líquido que contenían.
No cabía duda. Formol.
También había una nota, escrita en un trozo de folio con una impresora ordinaria.
Huelga decir, que este presente no ha de ser mostrado.
Vd. Sabrá cómo conservarlo. O cómo deshacerse de él.
A su albedrío lo dejo, y por supuesto, bajo su responsabilidad.
Muéstrelo a su hija, no habrá mejor remedio que éste
para su pesadumbre.
Pídale secreto, vive dios.
Y en adelante, duerman tranquilos.
No iba firmada, como resulta obvio.
Paulino la tuvo que leer varias veces.
Agarró los recipientes y corrió a la alcoba donde su hija agonizaba física, anímica y espiritualmente desde el percance, desde la hijoputada que le hicieron, que le hizo el camello, jodiéndole la vida.
Estaba grogui, la muchacha, apenas mayor de edad.
-Hija… hija mía… -la trató de espabilar el padre cogiéndola por el hombro con dulzura. La chica abrió los ojos y comenzó a sollozar. Permanecía así, o en un estado muy similar, casi siempre.
-Déjame… -musitó.
-Mira, hija –le pidió Paulino colocándole los envases delante de los ojos.
Le costó entender qué era aquello que le mostraba.
Un pene enganchado a unos testículos por algunos hilos que serían venas como si los hubiesen arrancado a bocados, o a tirones. El pene era ridículamente reducido, patéticamente pequeño. Y los testículos conservaban vello púbico grueso como cerdas, negro y curiosamente ralo. Flotaban en un líquido que ella no reconoció, y se le antojó el símil del astronauta sobre la luna tratando de desplazarse.
Eso era lo que tenía su padre en una mano.
En la otra, otra mano, también en conserva, en otro cacharro, encogida y encerrada un poco a presión pues el cristal no daba más de sí, en lo que supuso sería el mismo tipo de líquido, y ausente del resto de un brazo y de un cuerpo de una manera limpia y perfecta.
Dejó de lloriquear con los ojos como platos fijos en lo de delante.
-Mira hija –insistió Paulino-. Mira… Se acabó. Ya está. Todo ha terminado…
La chica asintió, y muy despacio, se incorporó de la cama para levantarse.
-Voy a ducharme, papá –dijo serena, como si fuese otra, la de siempre-. Mañana tengo que ir a clase…
-Claro, hija. Claro… -asintió Paulino.
La siguió con la mirada mientras salía.
Y sonrió.
De oreja a oreja.
Una lágrima resbaló, mojando la lente de sus gafas.
Pero era de alegría.

19.
El día siguiente a la actuación de mi hija me sentía colmado, contento incluso.
Ya me respondía el cuerpo más o menos, las heridas cerraban con orden, había descansado sobradamente, comido bien, pasado tiempo con mi familia, y acababa de dejar a mi suegra en su casa.
Conducía tranquilamente, con la radio puesta escuchando una emisora de rock, Rock Fm, deslizándose el auto sobre el asfalto. El tráfico discurría con normalidad, con la fluidez propia de las horas en las que me movía. Los que trabajaban estaban en los trabajos, y los que no lo tenían, no solían sacar el coche a pasear.
Tarareaba la de DeepPurple, Child in Time, una obra maestra. Como me desbordaba la euforia, la música la alimentaba. Mi estado de ánimo mandaba, y en caso de haberme sentido reflexivo, meditabundo, habría seleccionado clásica. Iba ligada al emocional.
Manejaba un potente VolksWagen familiar, una ranchera, negra. Me proporcionaba todas las prestaciones del mercado, y era mucho más discreto, menos cantoso –que dirían mis antiguos colegas- que un deportivo, o un BMW, por poner un ejemplo. La clave reside en desviar la atención, en no atraerla de forma innecesaria, decía un loco maestro zen callejero que se había tirado toda la vida viviendo cómodamente del trapicheo sin el más mínimo problema con la autoridad. Y aunque en mi caso ya no era preciso –pues apenas tocaba la forma de vida que llevé antaño, y la actual era casi del todo respetable y legal-, me había acostumbrado y decidido a pasar por lo que se viene denominando una persona normal, de clase media alta, a ojos de los demás, de puertas para afuera. Lo que hiciese en la calle, lejos, viajase donde fuese y nadie me conociese, y comiese en mi casa, sólo nos atañía a mí, y a mi familia.
De los viejos tiempos muchos habían caído, por no tener cabeza ni discreción, por zambullirse en el espejismo del dinero fácil, que se esfuma del mismo modo y con la misma rapidez como llega si uno no sabe qué hacer con él, por creerse que todo el monte era orégano y que la vida nunca pasaba factura.
Inútiles analfabetos sin oficio ni beneficio cargados y relucientes de oros y con carros que costaban lo que un pisito proletario. Era como colgarse un neón del cuello con localizador GPS que dijese:
MADERA: DETENEDME…
Lo tenía todo planeado. Siempre lo había tenido. Y siempre había procurado ir un paso por delante. Cuando mis libros comenzasen a funcionar, y se asentasen mis negocios, podría dejar de aparentar y llevar una vida más acorde a mis posibilidades. Pero sinceramente, nunca me había preocupado el asunto. Mi familia tenía las espaldas cubiertas. Eso era lo realmente importante, por si me pasaba algo…
Se interrumpió la canción en uno de los momentos álgidos, porque me sonaba el teléfono. Miré en la pantalla de siete pulgadas de la consola que era el Gestor. Sería una llamada limpia, abierta. Sin problema.
Pulsé el botón del volante.
-Hola Pedro. Cómo va eso…
-Hola Francés. Me alegro de escucharte –me correspondió.
-Voy de camino…
-Bien, perfecto… Te llamaba para comunicarte que el dueño de la finca vendrá una hora más tarde, para la entrega de la señal y el precontrato, pero la venta podremos zanjarla hoy mismo, a última hora de la tarde. He conseguido un hueco en el Notario…
-El amigo Manolo, siempre tan amable…
-Siempre tan amable… contigo…
-Y contigo…
-Sí, y conmigo…
-Bueno, pues entonces me entretendré un poco –le dije-. Tengo que hacer algunas compras…
-Perfecto. Te veo en un rato.
-Por cierto… agradezco la celeridad con la que has despachado este asunto…
-Sabes que para ti –aseguró complacido, pues nunca estaba de más sacar a relucir un poco de educación-, lo que haga falta, Francés…
-Bien. Gracias de nuevo… Adiós. –Y colgué, apretando de nuevo el botón del volante.
Se activó la música de la emisora, retomando con Nirvana, Smells like teen spirit.
Subí el volumen.
Conduje tranquilo, camino del centro comercial.
Aquella canción evocaba en mí historias de los viejos tiempos, de mis comienzos, de cómo y por qué decidí hacer lo que hice y dedicarme a lo que me dedicaba –o me dediqué, mejor dicho-, de todos los pecados que cometí y los muertos que fui dejando por el camino. Creo que fue un intercambio, mi primera vez. Con un tal Loco y un tal Niño. Nosotros poníamos la pasta, y unos gitanos de los Montero la coca.
Vaya tiempos aquellos.
Hoy lo pienso y no me arrepiento de nada.
Si acaso de algo que me dejase por hacer, pero nada más. Uno ha de ser consecuente con sus actos y ante sus elecciones, y la franja que separa el Bien del Mal es muy tenue, y está difuminada, y sujeta a la percepción de quien la busca y la encuentra, que como todo el mundo sabe, no deja de ser, la percepción digo, plenamente subjetiva y dependiente de unos órganos receptores falibles y condicionados, maleables.
Heme aquí hoy, yendo hacia delante y sin mirar atrás, recién quitado de en medio un hijoputa más de los muchos que pueblan los pueblos del mundo por mi mano y plenamente preñado de orgullo y satisfacción por ello.
Un antiguo compañero de mis tiempos de sepulturero me decía: Tendrás que poseer un gran alma, Francés. Para cargar con todos los pesares de las ajenas en la propia. Y así podrás ir viviendo…
Y tenía razón.
Un gran alma.
Y un corazón espléndido.
Porque soy buena persona.
Un tío de puta madre.
Quien prejuzgue que lea. Quien lea que juzgue, si le place…

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~ por Aura G. en 16 octubre, 2012.

Una respuesta to “Las Crónicas de las Noches. (Primer Capítulo).”

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