Los Miserables (Vendetta). 2.


1.

-¡Clonk! ¡Clonk!

El golpe seco sonó dos veces. Una de entrada con el parabrisas y otra de salida con la capilla.

Y rematando se produjo un rasgar extraño –que definiría luego uno de ellos-, algo así como ¡rrraaasssssss!.

Y acto seguido un ¡dooooiiiinnnngggg!, producido por la antena, flexible como un junco.

La patrulla de la Guardia Civil salió de su letargo por el sobresalto, con el que desde luego no contaban, ni a aquellas horas tan intempestivas, ni en aquel lugar más intempestivo aún, extemporáneo, impropio, tan alejado a la vez de Dios y de la Razón, adonde el Cristianismo ni Descartes habían tenido ocasión de llegar todavía, que nadie se había atrevido a clasificar, reconocer, ni ubicar.

Pero la Guardia Civil sí lo había hollado alguna vez, improntando con sus gomas los caminos del sitio, por obligación, y por hallarse de paso entre una civilización y otra, retrasadas ambas pero con la clase y categoría mínimas como para disponer de iglesia, panadería de recocidos, maestro y practicante, así como un bar para cada cuatro habitantes.

La patrulla, que por discreción había optado por circular con las luces identificativas apagadas, por aquello de no alarmar a los raposos, aves de rapiña y merodeadores nocturnos, ni despertar con su verbena de color a los buenos vecinos que a deshoras pernoctaban, casi se estrella unos metros más allá de la entrada y despierta a media vecindad, pues el aguerrido conductor –simple número-, del susto, le dio a todos los botones que hacían que el coche acompañase con ruido de sirenas, pitos y cláxones, el propio del motor, y a los que hacían que el mismo se viese a kilómetros de distancia con tan surtido y brillante juego de bombillas.

Era la patrulla un colono con su carro tirado por mulas, su señora esposa y sus dos hijas y la abuela, -que las féminas eran carga-, despistado en medio de la pradera, haciendo una buena lumbre para asar el tocino y que todas las enojadas tribus autóctonas del que llamaban ‘farwest’ pudieran verles desde la lejanía y se pudiesen rifar quiénes irían a desollarles y beneficiarse a las señoras. Los perdedores, por descontado, se quedaban con la suegra.

Permítaseme esta analogía con la tan arraigada imagen en el imaginario colectivo de sesión de tarde de sábado de años ha, para mostrar lo que era la patrulla de la Guardia Civil en la puerta de la Urbanización aquella noche.

-¡Dios! ¡Ostia puta! ¡Qué ha sido eso! –gritó gruñendo el Cabo, que se había despertado del todo interrumpiendo su plácido sueño con el respaldo del asiento totalmente reclinado.

-¡No lo sé, mi Cabo!

-¡Dios! ¡Ostia puta! ¡Para ahí, que bajaremos a investigar!

-Si quiere que no despertemos a los vecinos debería hablar más bajo, mi Cabo, si me permite usted que se lo diga –comentó temeroso el número-. Se lo digo, mi Cabo, por si hay que tener cuidado o guardar secreto.

El Cabo le miró enojado, con los ojos enrojecidos por el mal despertar, pero no le recriminó nada. Se limitó a ordenar:

-Para ahí, bajaremos a investigar. Y por dios, apaga la puta sirena y las putas luces, si no quieres tú despertar a toda la puta urbanización.

-¡A la orden, mi Cabo!

El superior volvió a mirar a su subordinado, con una mezcla de desesperación, conmiseración, y piedad. Tenía mucha y muy buena voluntad, el muchacho, pero no se le podía pedir más. De donde no había, no se podía sacar.

-Aparca ahí delante –comenzó muy despacio, para que no cupiese duda ni llamar a error-, mirando hacia el arco de entrada, de donde proviene el ruido. Las luces apagadas. Quita el contacto. Coge la linterna y saca la escopeta, pero pon el seguro. Luego bajaremos.

El joven número obedeció, al pie de la letra, aunque tuvo que detenerse unos instantes para reorganizar las órdenes recibidas y hacer memoria.

Se bajó una vez quitado el contacto escopeta en mano, hacia el maletero a por la linterna. El Cabo lo hizo por su lado. Y se encaminaron hacia el origen del ruido.

Era la madrugada de una noche cerrada sin luna. Las luces del arco de entrada, de piedra de granito, estaban fundidas, rotas, o apagadas, como de costumbre. No se veía apenas un par de metros por delante. La pareja caminaba junta, apretada, tras el haz de la potente linterna que casi no alumbraba, denotando baterías desechables prácticamente gastadas.

Anduvieron hasta donde consideraron que se había producido el golpe, apuntando el foco siempre al suelo. Pensaron ambos que había podido tratarse de un atropello, de algún animal doméstico perdido o abandonado.

Ante ellos no apareció cuerpo animal atropellado alguno, pero sí un charco de un líquido sin identificar. Se aproximaron a los mismos pies del mismo para proceder a su reconocimiento e identificación, y el número, siempre conduciendo la tenue luz de su linterna ante él, se agachó para tomar una muestra con el dedo e inspeccionarlo visual y olfativamente.

Un berrido descomunal, un grito aterrador, casi le encoge el corazón.

Brincó y se abrazó a su Cabo, que curiosamente había sido quien profirió el susodicho.

-¡Uuaaahhhh! –más o menos fue lo que dijo. Acompañándolo de varios: -¡Cagüendios! ¡Ostia puta! ¡La virgen y todos los santos!. –Y sacó con seria dificultad la pistola reglamentaria –que él cambiaba por un revólver a hurtadillas- de su funda dispuesto a utilizarla contra el ser vivo o espectral que había osado atacarle, a muerte y sin ninguna consideración.

Tuvo la fortuna de perderla, cayéndosele al suelo, cuando su compañero se abrazó a él acongojado por sus quejas fantasmales. Probablemente al dispararla habría despertado a algunos buenos vecinos, y eso le hubiera acarreado complicaciones.

Retrocedieron desbocados, de nuevo hasta el coche, a la trasera, parapetándose tras él; bajo él prácticamente.

El Cabo se llevó la mano a la cara. Le escocía. Sangraba. Aquello le acarrearía una buena infección.

-Creo que ha sido un ataque aéreo –concluyó cuando consiguieron serenarse un poco-. He sentido como si una rapaz muy grande hubiese intentado arrancarme la cara con las garras, para devorarla, confundiéndome con un conejo.

-Fijo, mi Cabo, fijo que sí. ¿Y la ha visto? ¿Era un águila, un buitre?

-No estoy seguro, pero era un volumen muy grande, con mucha fuerza, muy pesado. A lo mejor algún buitre africano de paso, o un águila real.

-Pues habrá que dar parte, mi Cabo, a la Junta de Caza… Imagínese que le da por atacar a algún chiquillo, o a algún jubilado…

-Tienes razón. Tal y como lo he sentido a una criatura se la lleva en una pata, y a un jubilado… Bueno tal vez lo escupiese luego del primer bocado…

-Pues daré parte, con su permiso, mi Cabo –respondió el subordinado sin haber percibido el chiste-. En cuanto lleguemos al cuartelillo.

-Vale, pero a su debido tiempo. De momento, enciende todas las luces del coche y apunta hacia allí –ordenó señalando a la entrada-. Así veremos mejor y si aparece de nuevo la bestia le disparamos.

-¡A la orden!

-Por cierto, espera… –interceptó pensativo-. ¿Qué dirías que es lo que había en el suelo?

-¿Se refiere al charco, mi Cabo?

-Sí, el charco. ¿Qué dirías que es?

El número acercó el dedo, todavía con restos de la muestra, a la lente de la linterna casi fundida del todo, y concentró la vista fijamente en la yema.

-¡Ahá! –dijo.

Luego, como para corroborar y confirmar el hilo de sus deducciones se lo acercó a la nariz.

Olió, olisqueó, respiró con profundidad y cerró los ojos, rebuscando entre su archivo de registros odoríferos.

-¡Ahá! –repitió.

-¡Ahá qué! –increpó el Cabo-. ¿Lo tienes?

-Lo tengo, mi Cabo.

-Pues dispara. De qué se trata.

-Yo diría que se percibe un fondo como de amoníaco, como cuando uno ha bebido algunas cervezas, come fuerte y de primero espárragos con mayonesa…

-¿Cómo? ¿Amoníaco y comida fuerte? ¿Qué carajo quieres decir?

-Que huele a meados. A pis. Que se han meado. Que el charco es de pis.

-¿Que se han meado?

-Sí. Yo diría que sí.

-¿Y esos trocitos que se te veían en el dedo?

-Yo diría, mi Cabo, y con todos mis respetos, que son de mierda.

-¿Eh?

-Que son de mierda, mi Cabo, como si alguien además de mearse, se hubiera cagado, pero suelto.

-¿Cagado?

-Sí, mi Cabo –asintió el número-. Si me permite, mi Cabo, mire, mire, huela –dijo arrimando el dedo con restos de la prueba.

Lo hizo con temor a una represalia, una reprimenda verbal malsonante como mínimo, pues no era plato de gusto, pero no contó con la profesionalidad de su superior, y la secreta admiración que él, como subordinado, le despertó en su fuero interno por su capacidad de reacción y sus conocimientos de la vida aplicados al trabajo, a la ley y el orden.

Éste lo olió.

-¡Dios! ¡Ostia puta! ¡Es verdad, huele a mierda!

-Se lo dije, mi Cabo.

-¿Y lo de la meada?

-Se percibe por debajo, como un regusto…

-Muy bien percibido, sí señor, muy bien percibido…

-Volvamos a investigar, mi Cabo, zanjemos el asunto.

-Está bien, a pecho descubierto, sin miedo, pero agarra tú la escopeta y déjame tu pistola.

Y volvieron al epicentro del suceso sin luces ni nada.

Agachados, esta vez sí, para evitar nuevos ataques aéreos, contemplaban el charco todo lo cerca que sus barrigas les permitían hacerlo.

Y guardando silencio.

-Mi Cabo –llamó el número.

-Dime. –Ambos hablaban entre susurros, como si temiesen ser escuchados o el sonido fuese a romper la magia del momento.

-Estaba mirando esto y me ha venido al recuerdo una cosa que vi una vez en la televisión, en la serie de Criso.

-Me alegro –contestó el Cabo-. Y de qué te has recordado.

-Pues que Criso estaba mirando un montón de señales de sangre, como nosotros aquí ahora pero de sangre, no de pis y mierda, con la morena seca de los dientes feos y raros.

-Sí, y qué.

-Que explicó de dónde venían las manchas y los disparos usando el líquido y los algodones en la punta del palito de plástico.

-Sí, y qué.

-Que si seguimos los estudios de Criso, nos puede decir mucho.

-¿Necesitas líquido y algodón con un palito?

-No, me parece que no.

-Pues dispara, que se nos va a hacer de día.

-Siguiendo los estudios de Criso–repitió emocionado, misterioso-, y las enseñanzas a la seca fea morena de los dientes raros, que por cierto, ya no sigue trabajando en la serie –el Cabo suspiraba por dentro y se mordía la lengua rearmado de paciencia-, yo diría, mirando el charco, que la mancha viene de arriba.

El Cabo le miró.

El número miró al Cabo.

Guardaron un instante de quietud y reflexión.

Prestando más atención, el silencio se mascaba. Y bajo el silencio, un siseo, de aire mecido leve, y un crujir suave.

El Cabo pareció percibirlo.

Y el número.

Y a la par, en perfecta sincronía, miraron ambos arriba, al cielo oscuro.

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~ por Aura G. en 5 octubre, 2012.

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