Memorias de un Enterrador. Libro Segundo. 6.


El fin de la guerra, al parecer, según me contó el padre Lorenzo al término de aquella tan interesante conversación, mientras tomábamos una cena fría él, a base de ensalada verde y sándwich de pavo, y caliente yo, con hamburguesa completa gigante y patatas,  a última hora, en el restaurante americano del centro comercial cercano, le pilló al demonio en Madrid, con su gente, con los hijos de puta –según los calificó el padre- con los que había perpetrado tantas maldades, defendiendo una estratégica posición, bien parapetados y mejor pertrechados.

Iban a vender cara su piel. Aquellos soldados estaban convencidos de sus ideales, aparte de lo que hicieran en sus ratos libres, como ellos pregonaban. Y vaya si lo hacían. Según algunas crónicas, y otros tantos testimonios, fueron de los más duros, de los que más bajas ocasionaron en las filas enemigas, a última hora, cuando ya no les quedaba otra.

Hasta que fueron traicionados.

El maldito bastardo rompió la defensa abriendo una brecha que resultó insalvable para los defensores, que lucharon hasta el último momento fieramente. Unos cuantos, los mismos de siempre, los veteranos, se rindieron y fueron engrilletados. Luego fusilados. Allí mismo.

El demonio se salvó. Fue capturado y preso, pero se salvó. Vieron lo que había hecho, por eso no le mataron allí mismo. Alegó sus ideales fascistas, que había luchado por imposición, que nunca había matado a ningún nacional, y que había estado infiltrado como informador, que pondría todo lo visto y oído al servicio de los vencedores y dueños legítimos de la nación, que no dudaría en señalar a todo aquel rojo que pudiese hacer daño a la patria…

El capitán de los nacionales le escuchó, considerando que obtendrían mayor beneficio de él vivo que muerto, por lo que le encarceló junto con otros capturados menos beligerantes. Y enseguida recogió los frutos de su inversión, pues no tardó en delatar a los organizadores de fugas, promotores de motines, cabecillas políticos y sindicalistas, habladores y conspiradores…

Y de un viejo conocido, con el que había perdido todo contacto y casualmente coincidió cuando entraba y salía de la prisión militar en la que trabajaba, logró que su mujer, que seguía sirviendo en la casa del señoriíto de su pueblo, convenciese a su amo, y éste muy diligente, accedió a interceder por él para que pudiese salir, pero en las condiciones que tal vez ya se mencionaron, recalcando por más importantes la pérdida de las tierras, construcciones, y mano de obra de su propiedad con anterioridad al inicio del conflicto, que serían absorbidas por el terrateniente de su pueblo, padre de quien por él intercedía -y que estaba incapacitado para tomar decisiones incluso para caminar al contar con más de noventa años-, y no recuperación del estatus social.

Y lo que hizo la mujer para convencer al señoriíto no le supuso gran trabajo, pues llevaba haciéndolo desde que el marido se ausentó con los que quemaron su casa. Y bien que le gustaba. Y al señoritingo, que dormía caliente y exprimidito todas las noches.

Y lo que condujo al heredero cacique a salvar los huesos del marido de su colchón, que eso era ella para él, no fue tanto el afán desinteresado ni altruista, como el hecho de que de ese modo la mujer volvería con su cornudo y a él le dejaría en paz, que ya se estaba aburriendo de mojar siempre en el mismo plato, según supo el padre Lorenzo por el comentario de la esposa en confesión, que como buena católica, largó de lo lindo carros y carretas para expiar sus pecados y limpiar su alma por unas monedas y unas cuantas plegarias, en algunos de aquellos domingos de misa y vermú.

Del fruto de aquellos ayuntamientos nació un chiquillo enclenque y enfermizo que nadie quiso ni se adjudicó, no sabiendo cómo endilgárselo al maldito demonio que era su marido –claro, que ella no lo sabía-, ya que había estado ausente algo más de tres años. El señorito lo incluyó en las cláusulas del contrato de su liberación, con lo que el hombre tragó a costa de su vida, teniéndole por hijo de su liberador pero no en connivencia con su señora esposa. Y si al niño, pálido, escuálido y frágil, se le hubiesen colocado las coletas en moño de idéntica forma a las de su señora madre, natural y adoptiva, hubiera sido un clon de la misma a tamaño reducido. Pero el hombre no se daba cuenta. Él sólo tenía ojos para lo suyo y sus cosas.

Se quedaron y establecieron en Madrid. Él trabajó para el régimen, como instigador e informador. Le llamaban el ‘Cherif’. Tenía más poder en pequeño, en concreto, que el dictador. Hacía y deshacía a su antojo. Y los que antaño fueron sus secuaces en la guerra, ya muertos, fusilados, fueron sustituidos por otros peores, si es que eso podía ser.

Una legión de demonios comandados por el peor, el más cruel, el más cabrón de todos los del infierno que nos venden –me decía el padre Lorenzo-, no hubiesen hecho tanto daño como este hijo de la gran perra y sus cachorros.

Libro Segundo.

Anuncios

~ por Aura G. en 27 septiembre, 2012.

Una respuesta to “Memorias de un Enterrador. Libro Segundo. 6.”

  1. Reblogged this on Laura Dorrego and commented:
    Invitados quedan. Bienvenidos a las historias…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Blog de Jack Moreno

Un blog de Joaquín Moreno sobre recursos, literatura y ciencia ficción

Francisco Belmonte. Escritos, novelas, poemario, desvaríos...

Escritos, novelas, poemario, desvaríos...

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

A %d blogueros les gusta esto: