Memorias de un Enterrador. Libro Segundo. 4.


…De los nueve niños sobrevivientes, cinco lo consiguieron no por obra de sus progenitores ni por gracia de dios.

Lo consiguieron porque fueron donados. Regalados prácticamente. A gente de bien con algún recurso económico y que no podían tenerlos por sí mismos, o que llevaban su caridad cristiana hasta la adopción de un niñito sin posibilidades. Claro, que con apenas una hogaza de pan, un par de tomates y algún pepino, como sustento habitual y afortunado, en unas vidas donde no cabía lo extraordinario, para tanta gente, la caridad, cristiana o no, se veía con otros ojos.

Y a la madre se le llenaban los ojos de lágrimas, de tristeza, cuando le quitaban a sus hijos de los brazos, como si le rasgasen el alma, y luego se le volvían a llenar otra vez, pero entonces de alegría, al pensar que era el único modo de que tuviesen una oportunidad.

Miguelito, o Miguelín, no fue tan afortunado.

A los seis años entró a trabajar junto a su padre, por un tercio de la miseria de soldada.

-Es muy pequeño y flojo para darle ni siquiera lo de una mujer –le dijo bravucón el encargado.

Pero Miguelín no soportaba de ninguna manera que le humillasen, por lo que se esmeró y se esforzó al límite de sus escasas pero voluntariosas fuerzas, y al mes largo igualó el trabajo de una mujer, y así ajustaron pagarle la mitad de la miseria que le pagaban a un hombre.

Las pocas energías que le llegaban del exterior en forma de comida las gastaba en el tiempo que duraba la décima parte de su jornada laboral, en detrimento del cuerpo, que no guardaba nada para consumo propio y ocioso, y crecía poco y muy despacio, y muy pegado a la tierra.

Y descubrió, impelido por una mixtura de inteligencia natural y hambre animal e instintiva, que de las raspaduras de las pieles se desprendían sustancias orgánicas de desecho que con buena lumbre y mejor bocado, sin escrúpulos, llenaban algo las barrigas y hacían las noches más llevaderas. Y que si recogía cada día algunos recortes y retales distraídos, de esos de segunda y de tercera, incluso –allí no se tiraba nada-, y los domingos trabajaba la aguja e hilo como costurera, sacaba saquetas de tabaco y talegas para cuartos, lo que le proporcionaba una suculenta cena de carne sin mucho nervio y postre de dulce apenas pasado.

Y una alegría para sus hermanos.

Y algo para el almuerzo del día siguiente…

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~ por Aura G. en 25 septiembre, 2012.

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