Memorias de un Enterrador. Libro Segundo. 2.


…Miguel de la Sierra padre nació en mil ochocientos sesenta y siete, a las puertas de una chabola de paja y barro que ni siquiera pertenecía a su familia, a orillas del Manzanares, en la ribera de las huertas, a los pies del llamado Cerro de las Ánimas, donde su madre se dejaría los riñones y la vida cavando zanjas y arrancando malas hierbas para subsistir penosa y malamente, primero, y luego dar de comer, escuetamente, a todos los que iban llegando año tras año a medida que el padre los iba concibiendo entre jornal y jornal.

Y nació callado, con los ojos curiosos muy abiertos, mirando el mundo, desde el barro, el agua, el fango.

A la sombra del cementerio.

Desde muy tierna edad, Miguel de la Sierra padre, Miguelito, o Miguelín, tanto daba, hubo de andarse espabilado. Primero, para comer, y así poder subsistir. Y luego, para poder comer otra vez, y otra, y a diario, a ser posible. Y para no morir, como hicieron dos de sus once hermanos varones y la única hembra. Ninguno llegó a los siete años. Débiles, enfermos, muertos. Muertos.

Como su padre.

Una infección respiratoria.

Al parecer, no era bueno estar todo el día medio sumergido en el agua, helada en invierno, fría en verano. Sufrían los huesos. Y las vías respiratorias.

Tenía el hombre cuarenta y siete años.

Y cuarenta trabajando.

En el mismo sitio.

Sin menearse.

Sin levantar la cabeza.

Manuel de la Sierra, se llamaba.

Le conocían en las tabernas de la Cava Baja, adonde acudía en ocasiones a tomar unos vinos y otros aguardientes, para hacer lo que hacían los hombres, decía él.

Cuando salía del trabajo, a tiro de piedra, en la Ribera de Curtidores, al caer la tarde, después de catorce horas remangado medio sumergido limpiando y lavando las pieles.

Se dejaba en la mesa vieja de madera de la tasca más de la mitad de la miseria que había ganado, pero no se dejaba los cojones en la tabureta, que le decía la mujer cada noche, cuando llegaba al lecho a trompicones dispuesto a hacerle otro chiquillo.

Catorce horas de trabajo el uno.

Veinticuatro la otra.

Día tras día.

Año tras año.

Toda la vida.

Manuel de la Sierra.

Con cuarenta y siete años.

Echando sangre y carne por la boca.

Muerto.

Y Miguelito, o Miguelín, tanto daba, con diez años, sin su padre.

Se le había acabado la triste niñez de repente.

La miserable infancia…

Libro Segundo.

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~ por Aura G. en 24 septiembre, 2012.

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