Memorias de un Enterrador. Libro Primero. 7.


… El Árbol del Ahorcado…

EL ÁRBOL DEL AHORCADO.

(…) En el patio principal, el patio del jardín, hay un árbol que todos los que le conocen llaman ‘El Árbol del Ahorcado’.

Es un árbol retorcido, un ciprés, centenario, maleado, quejumbroso, vengativo, que tiene un ramón que le sale, como un brazo, fuerte, de donde penden y se balancean los desdichados…

El tiempo ha ido cicatrizando, pero no cerrando, las heridas que los hombres sin natura le han ido infligiendo cruelmente a lo largo de su sufrida existencia. Cables de acero olvidados, que un día ataron algún objeto al delicado tronco y que al engordar éste, oprimían su carne y se incrustaban en su vegetal musculatura… Clavos monstruosos de hierro oxidados, hincados sin compasión a escasos centímetros de su umbrío corazón… Una teja en la que fue una bifurcación de dos ramitas, hoy troncos adultos desarrollados que la han devorado… Y ese brazo fornido, formado, musculoso, carente de su gemelo, que cuando apenas púberes le arrancaron, por risa, por nada, los desalmados, dejando un vacío agujero hoy costra, infectado, para eterno recuerdo que nunca ha curado. Y parecía que en su empeño, y para preservar el que le habían dejado, había invertido gran energía y todo su afán en nutrir y fortalecer el ramón que podría pasar por su hermano. Era por él, y por todos los que lo habían probado a lo que se debía su nombre: ‘El Árbol del Ahorcado’. Un ser condenado, como todos los que habían sucumbido a su hechizo, sin redención posible, en un lugar sacrosanto, plagado de fe y religión por todos lados, uno de los últimos reductos del Ángel Caído. Reducto del Ángel Caído en la llamada Casa de Dios… A los pies del árbol, conjunción de misticismo, brujería, fuerzas telúricas, superstición y también superchería…

Durante años, algunos años, y en determinadas y concretas fechas, unas curiosas plantas y mágicos matojos se daban a crecer a la siniestra sombra y el sombrío abrigo del gigante impertérrito. Y no hago referencia a siglos lejanos y oscuros…

Yo aún no llevo tanto tiempo como algunos de mis compañeros en el cementerio, y llegué a verlos, en varias ocasiones, a ambos, a los brujos, hombre y mujer, operando, maquinando, conjurando, actuando, celebrando, transgrediendo, pero según mis compañeros más veteranos, habían perdido mucho, y no eran sino un embuste de lo que habían sido. Pero lo que señale aquí al respecto, será de primera mano, pues a pesar de lo mucho que me han contado de estos dos sujetos, en esta ocasión me ceñiré a lo visto, oído y sentido por mí mismo, y si cometiere alguna excepción o se me colase algún añadido, lo indicaré sin pesar puntualmente…

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~ por Aura G. en 21 septiembre, 2012.

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