Memorias de un enterrador. Libro Primero. 6.


…Ese es el recuerdo más vívido, la sensación más cercana que tengo del primer día. Cierto es que al principio esperaba otra cosa, algo diferente, influenciado por unos prejuicios y estereotipos asentados en mi psique tras algunos años de lecturas, visionados, leyendas y comentarios influenciados por los prejuicios y estereotipos asentados en la psique de todos aquellos que conocieron la noticia. Pero finalmente resultó ser otra cosa. Algo totalmente diferente a lo que yo me esperaba y todos creían. Resultó ser la cosa más… Bueno, tal vez sea muy precipitado encorsetarlo entre dos adjetivos, o más que precipitado, presuntuoso por mi parte. Y lo que pueda parecerme o pueda yo suponer, puede parecerle o puede hacerle suponer cosa bien distinta a otro. Y sinceramente, no me siento capacitado, ora por pereza y miedo –que viene a ser lo mismo-, ora por ignorancia y disimulo, a aventurarme en tan escueta descripción de cosa tan compleja. Aquel fue mi primer día de trabajo. El primero de tantos. Y sí recuerdo que llovía. Llovía como si le fuera la vida al cielo en ello. Y cómo yo, con mi flamante uniforme azul nuevo de rayas perfectas todavía cogidas, y mis botas de trabajo de puntera de hiero por mí compradas, a estrenar, en un puestecillo de chamarilero de segunda mano del rastro, que mejor le habían quedado a su difunto primer dueño, con toda seguridad, pero que frente a ese pesar me infundían valor de pisar firme en la vida y andar seguro, al menos, por esos lares de dios y caminos de tierra y cemento del cementerio, a mis dieciocho años apenas recién cumplidos, la barba fuerte, cerrada y definida, el cuerpo alto, ancho, que prometía, y la mente amplia, formada, predispuesta, hambrienta, que como mi boca, todo se lo comía, y cómo yo, daba mi primer paso desde nuestro cuarto, que podría decirse que era uno más de nosotros, hasta la entrada del patio de san… a coger el muerto, como le decíamos, para enterrarlo, tras los ceremoniosos pasos, por supuesto, fijándome en todos y cada uno de los movimientos de mis compañeros, especialmente en los de mi padre –que a cada instante me aleccionaba, hiciera o no falta-, como el aprendiz impaciente, deseoso y aplicado que era, por orgullo propio y por mantener la reputación de mi progenitor sin tacha. Permítanme insistir, y reiterar, y hacerlo con un improperio, pidiendo disculpas a quien pudiere ofender, pero joder, ¡cómo llovía! Si de algo estaba orgulloso el cementerio, y mis compañeros, y los compañeros de mis compañeros cuando estos últimos aún no lo eran míos, y los de aquéllos, y los primeros enterradores, o sepultureros, que también gustábanse de llamar así, y todos los que lo habían hecho –enterrar- allí, alguna vez, era de que nunca se había parado un servicio. Nunca se había parado un entierro. Bajo ninguna circunstancia. Nunca. Lloviese, tronase, nevase, fuera lo que fuere e hiciera lo que hiciere, nunca… Ni durante la guerra. Bajo las bombas. Bajo las balas de los soldados, circunstancial y estratégicamente de un bando u otro, que apostados en el cerro de enfrente, punto sobreelevado y por ello apreciado, se jugaban los cuartos y la picadura de tabaco en su afán de atinarle al cura, si de un lado, o a los obreros, si del otro. Cuentan las crónicas –de transmisión oral, desde luego-, compartidas y regaladas con el celo propio del Gremio, o de la Logia, diría yo, de tiempos de antaño, que nunca se hubo de lamentar baja permanente operaria, aunque sí alguna que otra temporal. Dos por balazo –un operario y un monaguillo-. Tres leves por descalabro –un operario y dos doloridos-, al desprenderse una de las alas de un ángel de mármol blanco, tras la caricia de un obús, y golpear a la virgen con niño de dos metros y del mismo material, sedente –sub umbra alarum-, y ésta desplomarse sobre los supracitados. Y por último, y no por ello menos importante, una por susto –un operario-, que aunque la más risible, fue la baja más prolongada y polémica, pues todavía hoy se barajan varias hipótesis, algunas teorías, pero ningún testimonio certero. Parece ser que algo más de tino tuvieron los del bando contrario, los que supuestamente se defendían, cuando le clavaron una bala en la nuca al padre Marcelino mientras responsaba a una viudita pobre y consolaba a sus huérfanos. Un chaval estupendo, de pueblo, y rojo, el padre Marcelino que era, según cuentan las crónicas y los cronistas, que aquí somos todos… Grandes historias de aquel tiempo, avaladas aún por el testimonio de un superviviente, el último, junto al cementerio, por supuesto, de los tres que llegué a conocer, jubilado el siglo pasado pero que sigue viniendo aquí, a diario, y con el que me siento todavía hoy de vez en cuando, a escuchar su sabia y serena conversación. Un hombre grande, el señor Marciano…

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~ por Aura G. en 20 septiembre, 2012.

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