Memorias de un enterrador. Libro primero.

•18 noviembre, 2011 • Dejar un comentario

Puedes encargarlo en cualquier librería, ellos lo pedirán a la editorial. Gracias.

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7. Historias de Cementerio. Las crónicas de un sepulturero. Libro Uno.

•4 noviembre, 2010 • Dejar un comentario
…ojos profundos… sin fondo…

…Y en una de aquéllas andaba yo, satisfaciendo el morbo de una compañera de estudios, y aplacando mi curiosidad, o aplacando su morbo y satisfaciendo mi curiosidad –según de qué estemos hablando-, una vez más, cuando, sin estar avisado, divisé a lo lejos una extraña luz que no era propia de aquel lugar a aquellas intempestivas horas.

Mi apreciada amiga no tuvo ocasión de vislumbrarla, pues estando ambos en lo mismo, ella mantenía sus ojos entornados, y cuando abiertos, vueltos, por razones del ayuntamiento y la respiración, deduzco.

Con esas, ni corto ni perezoso, y en cuanto tuve lugar sin menosprecio u ofensa, encomendada mi querida al reposo, y a buen recaudo, me precipité tras el recuerdo de la sombra de aquel haz, y sin mucho tardar, di con él, pues no había ido lejos de donde fue descubierto.

Y el haz de luz provenía de una tea, y de varias lamparillas de petróleo que la acompañaban colgadas de ramas bajas y de estacas pinchadas en el césped, pues se hallaban en el patio del jardín o patio principal, y también de numerosas velas que formaban extraños dibujos encendidas en el suelo.

Y en el centro, el Árbol del Ahorcado.

Y en torno a él, los brujos, el hombre y la mujer, curiosamente vestidos de negro, estrafalarios, saltando, brincando, invocando.

Me agazapé.

Guardé silencio.

Expectante.

Boquiabierto.

Y me sorprendió ver a Thor, el mastín asesino, gigante matalobos onírico, tumbado panza arriba meneando las patitas y la cola, con la lengua fuera sonriente.

Y el perfume del ambiente, llamativo, embriagador, espeso, que me turbaba en mi escondrijo y perturbaba mis sentidos, cuánto más a ellos, a él pegados…

Danzaban.

Ora sueltos, libres, inconexos de cuerpo, ora cogidos de la mano, abrazados, rodando por el suelo.

Y entornaban cánticos y, lo que supuse, oraciones.

A la Noche.

A la Luna.

Al Cielo y las Estrellas.

Al Árbol.

A la Tierra.

A los Seres, a Todos los Seres.

Y a los Dioses…



6. Historias de Cementerio. Las Crónicas de un Sepulturero. Libro Uno.

•20 octubre, 2010 • Dejar un comentario

... El Árbol del Ahorcado...

EL ÁRBOL DEL AHORCADO.

(…) En el patio principal, el patio del jardín, hay un árbol que todos los que le conocen llaman ‘El Árbol del Ahorcado’.

Es un árbol retorcido, un ciprés, centenario, maleado, quejumbroso, vengativo, que tiene un ramón que le sale, como un brazo, fuerte, de donde penden y se balancean los desdichados…

El tiempo ha ido cicatrizando, pero no cerrando, las heridas que los hombres sin natura le han ido infligiendo cruelmente a lo largo de su sufrida existencia. Cables de acero olvidados, que un día ataron algún objeto al delicado tronco y que al engordar éste, oprimían su carne y se incrustaban en su vegetal musculatura… Clavos monstruosos de hierro oxidados, hincados sin compasión a escasos centímetros de su umbrío corazón… Una teja en la que fue una bifurcación de dos ramitas, hoy troncos adultos desarrollados que la han devorado… Y ese brazo fornido, formado, musculoso, carente de su gemelo, que cuando apenas púberes le arrancaron, por risa, por nada, los desalmados, dejando un vacío agujero hoy costra, infectado, para eterno recuerdo que nunca ha curado. Y parecía que en su empeño, y para preservar el que le habían dejado, había invertido gran energía y todo su afán en nutrir y fortalecer el ramón que podría pasar por su hermano. Era por él, y por todos los que lo habían probado a lo que se debía su nombre: ‘El Árbol del Ahorcado’. Un ser condenado, como todos los que habían sucumbido a su hechizo, sin redención posible, en un lugar sacrosanto, plagado de fe y religión por todos lados, uno de los últimos reductos del Ángel Caído. Reducto del Ángel Caído en la llamada Casa de Dios… A los pies del árbol, conjunción de misticismo, brujería, fuerzas telúricas, superstición y también superchería…

Durante años, algunos años, y en determinadas y concretas fechas, unas curiosas plantas y mágicos matojos se daban a crecer a la siniestra sombra y el sombrío abrigo del gigante impertérrito. Y no hago referencia a siglos lejanos y oscuros…

Yo aún no llevo tanto tiempo como algunos de mis compañeros en el cementerio, y llegué a verlos, en varias ocasiones, a ambos, a los brujos, hombre y mujer, operando, maquinando, conjurando, actuando, celebrando, transgrediendo, pero según mis compañeros más veteranos, habían perdido mucho, y no eran sino un embuste de lo que habían sido. Pero lo que señale aquí al respecto, será de primera mano, pues a pesar de lo mucho que me han contado de estos dos sujetos, en esta ocasión me ceñiré a lo visto, oído y sentido por mí mismo, y si cometiere alguna excepción o se me colase algún añadido, lo indicaré sin pesar puntualmente…

5. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•21 julio, 2010 • Dejar un comentario

Nunca se había parado un entierro.

Y mi primer día sólo llovía.

Bueno, diluviaba.

Pero sólo diluviaba.

No caían obuses.

Ni nadie nos disparaba a traición.

Así que salí del cuarto, tras mis valientes y orgullosos compañeros, y nos encaminamos al final del aparcamiento, a la explanada que hacía las veces de plazoleta de recepción de difuntos, desde donde los distribuíamos a casi todos los patios excepto a los situados a ambos lados de la carretera, que serpenteaba desde el portón doble de hierro de la calle, hasta el centro de esa explanada como un intercambiador de carrozas fúnebres.

Allí, tras sacar las coronas, centros y ramos de flores que viajaban en la trasera del coche funerario, flanqueando y sobre el féretro, muchas veces metidas a presión, y llevarlas al crucero del patio principal llamado de san … , regresamos para colocar el pobre difunto en su habitáculo de virutas prensadas –lacadas para parecer de madera-, sobre la carra vestida de terciopelo rojo y escudo bordado en oro.

En ese momento, el sacerdote, tras haber besado, abrazado y agasajado a los doloridos, decía:

-Señor, ten piedad.

Y todos repetían:

-Señor, ten piedad.

Y luego:

-Cristo, ten piedad.

E igual:

-Cristo ten piedad.

Y tras esas palabras mágicas, iniciábamos la procesión.

Y así siempre.

Todos los días.

Toda la vida.

4. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•19 julio, 2010 • Dejar un comentario

…Ese es el recuerdo más vívido, la sensación más cercana que tengo del primer día. Cierto es que al principio esperaba otra cosa, algo diferente, influenciado por unos prejuicios y estereotipos asentados en mi psique tras algunos años de lecturas, visionados, leyendas y comentarios influenciados por los prejuicios y estereotipos asentados en la psique de todos aquellos que conocieron la noticia. Pero finalmente resultó ser otra cosa. Algo totalmente diferente a lo que yo me esperaba y todos creían. Resultó ser la cosa más… Bueno, tal vez sea muy precipitado encorsetarlo entre dos adjetivos, o más que precipitado, presuntuoso por mi parte. Y lo que pueda parecerme o pueda yo suponer, puede parecerle o puede hacerle suponer cosa bien distinta a otro. Y sinceramente, no me siento capacitado, ora por pereza y miedo –que viene a ser lo mismo-, ora por ignorancia y disimulo, a aventurarme en tan escueta descripción de cosa tan compleja. Aquel fue mi primer día de trabajo. El primero de tantos. Y sí recuerdo que llovía. Llovía como si le fuera la vida al cielo en ello. Y cómo yo, con mi flamante uniforme azul nuevo de rayas perfectas todavía cogidas, y mis botas de trabajo de puntera de hiero por mí compradas, a estrenar, en un puestecillo de chamarilero de segunda mano del rastro, que mejor le habían quedado a su difunto primer dueño, con toda seguridad, pero que frente a ese pesar me infundían valor de pisar firme en la vida y andar seguro, al menos, por esos lares de dios y caminos de tierra y cemento del cementerio, a mis dieciocho años apenas recién cumplidos, la barba fuerte, cerrada y definida, el cuerpo alto, ancho, que prometía, y la mente amplia, formada, predispuesta, hambrienta, que como mi boca, todo se lo comía, y cómo yo, daba mi primer paso desde nuestro cuarto, que podría decirse que era uno más de nosotros, hasta la entrada del patio de san… a coger el muerto, como le decíamos, para enterrarlo, tras los ceremoniosos pasos, por supuesto, fijándome en todos y cada uno de los movimientos de mis compañeros, especialmente en los de mi padre –que a cada instante me aleccionaba, hiciera o no falta-, como el aprendiz impaciente, deseoso y aplicado que era, por orgullo propio y por mantener la reputación de mi progenitor sin tacha. Permítanme insistir, y reiterar, y hacerlo con un improperio, pidiendo disculpas a quien pudiere ofender, pero joder, ¡cómo llovía! Si de algo estaba orgulloso el cementerio, y mis compañeros, y los compañeros de mis compañeros cuando estos últimos aún no lo eran míos, y los de aquéllos, y los primeros enterradores, o sepultureros, que también gustábanse de llamar así, y todos los que lo habían hecho –enterrar- allí, alguna vez, era de que nunca se había parado un servicio. Nunca se había parado un entierro. Bajo ninguna circunstancia. Nunca. Lloviese, tronase, nevase, fuera lo que fuere e hiciera lo que hiciere, nunca… Ni durante la guerra. Bajo las bombas. Bajo las balas de los soldados, circunstancial y estratégicamente de un bando u otro, que apostados en el cerro de enfrente, punto sobreelevado y por ello apreciado, se jugaban los cuartos y la picadura de tabaco en su afán de atinarle al cura, si de un lado, o a los obreros, si del otro. Cuentan las crónicas –de transmisión oral, desde luego-, compartidas y regaladas con el celo propio del Gremio, o de la Logia, diría yo, de tiempos de antaño, que nunca se hubo de lamentar baja permanente operaria, aunque sí alguna que otra temporal. Dos por balazo –un operario y un monaguillo-. Tres leves por descalabro –un operario y dos doloridos-, al desprenderse una de las alas de un ángel de mármol blanco, tras la caricia de un obús, y golpear a la virgen con niño de dos metros y del mismo material, sedente –sub umbra alarum-, y ésta desplomarse sobre los supracitados. Y por último, y no por ello menos importante, una por susto –un operario-, que aunque la más risible, fue la baja más prolongada y polémica, pues todavía hoy se barajan varias hipótesis, algunas teorías, pero ningún testimonio certero. Parece ser que algo más de tino tuvieron los del bando contrario, los que supuestamente se defendían, cuando le clavaron una bala en la nuca al padre Marcelino mientras responsaba a una viudita pobre y consolaba a sus huérfanos. Un chaval estupendo, de pueblo, y rojo, el padre Marcelino que era, según cuentan las crónicas y los cronistas, que aquí somos todos… Grandes historias de aquel tiempo, avaladas aún por el testimonio de un superviviente, el último, junto al cementerio, por supuesto, de los tres que llegué a conocer, jubilado el siglo pasado pero que sigue viniendo aquí, a diario, y con el que me siento todavía hoy de vez en cuando, a escuchar su sabia y serena conversación. Un hombre grande, el señor Marciano…

3. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•14 julio, 2010 • Dejar un comentario

-“Me hiciste de tierra, me vestiste de carne –proseguía en la segunda estación-.
Resucítame en el último día, Señor y Redentor mío”.

 

Gotas de agua sobre falsa madera barroca.
Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…
Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…
-“El Señor reina, vestido de majestad[1],
el Señor, vestido y ceñido de poder:
así está firme el orbe y no vacila.

Tu trono está firme desde siempre,
y Tú eres eterno.

 Levantan los ríos, Señor,
levantan los ríos su voz,
levantan los ríos su fragor;
pero más que la voz de aguas caudalosas,
más potente que el oleaje del mar,
más potente en el cielo es el Señor.

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término.

 Oí una voz del cielo que decía:
“Dichosos los que mueren en el Señor”.

 Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap…

 Y yo oí todo el agua del cielo y de la tierra
repiqueteando sobre la falsa madera de la tapa del ataúd barroco;
y una triste y apagada campana que a lo lejos tañía…

Y el llanto de dentro, que no sale pero que rompe…
Y el último suspiro del muerto que allí yacía…

 

Y el gozo de la tierra que come…
[1] Salmo 92.

 

2. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•14 julio, 2010 • Dejar un comentario

Llovía……
Todo el agua del cielo y de la tierra……
Tap, tap, tap, tap, tap, tap, tap……
Taptaptap, taptaptap, taptaptap……
Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……
El sonido.
Perfectamente audible por encima de todos los sonidos, de todos los pensamientos……
Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……
Tap, taptaptap, tap, taptaptap, tap, taptaptap……
Y comenzamos a caminar……
-“Como busca la cierva[1]
corrientes de agua,
así mi alma te busca
a ti, Dios mío –recitaba como un autómata-.
Tiene sed de Dios,
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?
Las lágrimas son mi pan,
noche y día,
mientras todo el día me repiten:

 

Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta –entre estrofa y estrofa, hacía una caricaturesca, por exagerada, detención en su plática, en un gesto muy estudiado, y entornaba los ojos, mirando al cielo, pero de reojo al texto, que aún no había aprendido a pesar de llevar unos cincuenta años repitiéndolo.
-¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas? –continuó-.
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo
desde el Jordán y el Hermón
y el Monte Menor.
Una sima grita a otra sima
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.
De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza
del Dios de mi vida.
Diré a Dios:
Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

Dale, Señor, el descanso eterno,
brille para él la luz perpetua.
El alma que has sacado del cuerpo, Señor,
se alegre con tus Santos en la Gloria.
Se alegran para el Señor los huesos quebrantados”. –Con esta antífona, el sacerdote dio por concluida la primera de las llamadas estaciones, a los pies de la sepultura.
Allí nos detuvimos.

[1] Salmo 41.

 

1. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•14 julio, 2010 • Dejar un comentario
INTRO.

(…)
-¡La señora Nicaela le ha cortado el cuello al hijo del taxista!
-¿¡Qué!? ¿¡Cómo!? ¡Estás bromeando!…
-¡Le ha rebanado el pescuezo al hijo del taxista! –confirmó el mudo sin pestañear, gritando-. ¡Y ha tirado el cuchillo al tejado!
(…)
 

O. Historias de Cementerio. Libro Uno.

•13 julio, 2010 • 3 comentarios

 

Todo lo que en adelante aconteciere,
es real.
O podría no serlo.
A los que se ofendieren,
mis disculpas.
A los que gustare,
mi emplazamiento
a cruzarnos de nuevo
en algún recoveco
del sinuoso camino…

...que nunca se desvance...

 

 
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